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Grados de perfección

[Post originalmente publicado el 27 de septiembre de 2012]

Siempre he sido una persona muy deportista, y hay varios deportes que me gusta ver por la televisión: rugby, voleibol, natación, patinaje artístico… de entre ellos, hay tres a los que le tengo especial cariño, y que sigo desde que era muy pequeña: la gimnasia rítmica, la gimnasia artística, y más recientemente la natación sincronizada. Como son deportes minoritarios, muy pocas competiciones son retransmitidas, por lo que cada ocasión que tengo de verlos es especial. La última ha sido la que más recuerdo haber disfrutado: los Juegos Olímpicos de Londres 2012, muy bien llamados los juegos multimedia. Me lo he pasado como una enana comentando y leyendo comentarios sobre las pruebas por Twitter en tiempo real, siguiendo como podía en el trabajo las retransmisiones online de TVE, y consultando horarios y resultados en la web oficial de los Juegos.

Creo que para todos los aficionados a la gimnasia en este país, las retransmisiones tanto de rítmica como de artística están completamente ligada a la voz de la grandísima Paloma del Río; una profesional como la copa de un pino que sabe retransmitir estas disciplinas tan difíciles de una forma entretenida y muy didáctica, siempre asumiendo que los espectadores no son expertos en el deporte. Además, lleva tantísimo tiempo haciendo estas retransmisiones que tiene un conocimiento enciclopédico de deportistas, entrenadores y personalidades varias.Hasta tal punto que, en la competición de rítmica de Londres 2012, escuché y vi cómo reconocía y llamaba por su nombre a uno de los empleados técnicos.

Siguiendo estos Juegos tan cerca y tan en las redes sociales, me ha sorprendido leer algunos comentarios acerca de las retransmisiones de Paloma del Río, sobre lo minuciosa que es resaltando hasta los más mínimos errores de los gimnastas. La mayoría eran en tono cariñoso y de admiración por el buen hacer de Paloma; pero me pareció percibir un cierto grado de incredulidad en los comentarios de la gente menos “puesta” en el tema, como si no fuera necesaria tanta precisión. Y no he querido dejar de pasar la ocasión de aportar mis “dos céntimos”, como dicen los ingleses, al respecto.

Y es que no sólo Paloma del Río tiene un ojo excelente para señalar lo que el jurado también va a ver, sino que nos ha enseñado a muchos amantes de la gimnasia a detectar esos mismos fallos, que distinguen a una buena gimnasta de una gimnasta excepcional. Después de años de ver gimnasia, sé que la diferencia entre una medalla de oro y una de plata puede estar en la posición de un pie, los milímetros de un lanzamiento o los grados de apertura de las piernas. Para quienes no estén muy rodados en estas cosas, estas distinciones les pueden parecer exageradas. Pero tienen que pensar una cosa: en los más altos niveles de la competición, lo que se está puntuando son diferentes grados de perfección. Por hablar de lo más reciente, cuando en una final te encuentras a dos gimnastas de la talla de Kanaeva y Dmitrieva, ¿cómo decides a cuál le das el oro y a cuál la plata, si ninguna comete errores ostensibles? Valorando esos pequeños fallos que el espectador corriente no ve.

Llegados a este punto, y aunque sólo he hablado de gimnasia, voy a meterme en el charco de las críticas que se hicieron a los de Gemma Mengual en las retransmisiones de sincronizada en Londres 2012. Especialmente en Twitter, muchos la acusaron de prepotente e incluso cruel. Yo escuché la mayor parte de esas retransmisiones, y no estoy nada de acuerdo con esas críticas. Por supuesto que había cosas que mejorar, y de hecho Gemma mejoró conforme avanzaba la competición. Pero su “pecado” fue resaltar claramente las diferencias en la calidad de los distintos equipos. La gente prefirió claramente el estilo de Almudena Cid, que en sus comentarios de rítmica intentaba hacer hincapié en el mérito de las gimnastas más inferiores; por muy encantador que esto pueda resultar, no se ajusta a la realidad de la competición. La cruda verdad es que suele haber un grupo grande de gimnastas (o nadadoras en el caso de la sincro) que su mayor aspiración es estar en la final, y una vez allí, mejorar el puesto de competiciones anteriores. Y muy por encima del nivel de estas deportistas, un grupo escogido de tres o cuatro que luchan por las medallas. Si hemos coincidido con una generación excepcional, habrá dos de ellas inalcanzables para el resto que lucharán por el oro. No todas son iguales, y no quiero que un comentarista cualificado me diga que lo son, porque no es verdad. La propia Gemma Mengual lo explica muy bien en esta entrevista.

Es cierto que en estos deportes, en los que la puntuación depende de un jurado, no solamente la perfección técnica y artística pesa en la nota. Sara Bayón, la entrenadora de nuestras “conjunteras” de rítmica lo comentaba en esta entrevista. Los grandes nombres siguen pesando mucho, y más que ninguno el de la Federación de Rusia. A pesar de los intentos de conseguir puntuaciones más objetivas, como los tres apartados o el jurado neutral de Londres 2012, seguimos viendo las clásicas injusticias. En rítmica concretamente, el ninguneo sistemático de las búlgaras, y últimamente la inexplicable aparición en las finales de gimnastas mediocres como Joanna Mitrosz y Caroline Webber (explicable la de Mitrosz por chanchullos que explicó Paloma del Río y ya me olvidé)

Y sin embargo, para mí después de tantos años me sigo acercando a la tele con los ojos como platos para ver algunas notas, y sigo poniéndome en pie aplaudiendo como una niña cuando una de las grandes hace una actuación de las grandes y veo aparecer esos números rozando el 10. Y sigo escrutando como un aguililla esas actuaciones memorables, registrando esos fallos apenas perceptibles y pensando cómo registrará el jurado esos gestos en su escala de perfección.

Para terminar, aunque sea en una nota agridulce, no quería dejar de comentar la polémica que se está levantando estos días en torno a la destitución de Anna Tarrés, la seleccionadora de sincronizada. Una de las primeras cosas que me vino a la cabeza fue el recuerdo de otra polémica, la que rodeó a Emilia Boneva tras ganar la medalla de oro olímpica en conjuntos de rítmica en el 96. Siempre ha habido polémicas en estos deportes tan exigentes con el cuerpo de la mujer (curioso que nunca se haya dicho nada de las exigencias a deportistas masculinos); tengo que decir que era un poco horrible ver esos cuerpos de niñas esqueléticas, y me alegro de que la rítmica haya evolucionado en este sentido y lo que se vean ahora sean cuerpos formados de mujeres jóvenes. Pero en cuanto a estos asuntos turbios que salen después de las medallas, creo que nada se puede ver en blanco o negro. Me da la sensación que hay muchos intereses poco honestos, juegos de envidias y también de frustraciones. Además de mucho edulcoramiento de lo que significa el deporte de alta competición.

Los grados de excelencia que se consiguen en la televisión llevan detrás un sacrificio que no es sólo una palabra: es el símbolo de enormes cantidades de sufrimiento, físico y también mental. Porque aguantar la presión que supone el deporte de élite, salir a hacer un ejercicio impecable cuando estás a 0,100 de las chinas, abstraerte de los fallos que pueden echar al traste toda una temporada y mucho dinero, exige una fortaleza mental que no se cultiva con mimos y cariños. Yo misma no he estado tan cerca de un deportista así como para saberlo de primera mano, pero creo haber visto lo suficiente de ciertos deportes para entenderlo.

Es discutible hasta dónde se puede llegar para formar a un deportista de élite, pero no podemos olvidar lo que realmente exigen los altísimos grados de perfección que llegan a nuestras pantallas. Por mi parte, de momento seguiré agradeciendo a gimnastas y nadadoras lo muchísimo que disfruto gracias al enorme esfuerzo que ellas hacen día tras día.

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