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Arenía fina (y II)

[Post originalmente publicado el 24 de mayo de 2007]

Una ducha de arena. Escamas desprendidas de la piel de la tierra, acuchilladas en un nicho de madera con el fin único de la uniformidad, la sutileza, la refinada suavidad. Granos de arena molida. Se arrastran curvadamente sobre la superficie del suiseki, confiriéndole su silueta cósmica. ¿Es el aire, son las manos, es la tierra, es la piedra misma? ¿Son todos, y ninguno a la vez? El aliento inerte del Tao absorbe esencias e inmanencias en su existencial agujero negro. La fruta se pela para llegar a su pulpa. La piedra se pela también, desprendiendo una capa microscópica tras otra; descubriendo bajo ellas, protegidas por ellas, series entrelazadas de rostros y muecas. Expresiones, asertividades, ruegos. Asoman al ciego mundo, se oxidan, permanecen, congeladas en caliente. Las yemas de los dedos pretenden acercarse. Son conscientes de que los rostros frágiles podrían aplastarse tan sólo con un leve movimiento. Se deleitan en el imaginario destructor. No. Tan sólo la arena. La arena y el aire. Y a veces, el agua. La piedra es un braille del alma donde se leen las radiografías del devenir.

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