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Laberinto hurmano

[Post originalmente publicado el 20 de mayo de 2007]

La calle Valdesangil se riza sobre sí misma, y se apoya sibilina en las calles adyacentes; de repente, cuando uno piensa que estaba siguiendo los números revueltos de Valdesangil, se da cuenta de que está en Valderrey. O Valdevarnes. O Valdezarza. Valdealgo. Los edificios se repliegan alrededor de árboles verdes y enormes que ocultan parcialmente la luz, recovecos que no desembocan en ninguna parte, y escaleras que se tuercen en el punto más inesperado. Las aceras están empedradas, llenas de tierra que no se ve pero cruje bajo los pies; las vallas de metal de los jardines se intuyen; siempre hay una o dos personas circulando, sacando al perro o viniendo de comprar el periódico. La calle Valdesangil no es engañosa. Sólo tiene una disposición un tanto particular. Y hay que conocerla. Cualquier cosa; una taza de té, la lluvia (los iconos momentáneamente más a mano) se han convertido en un ritual de autodefinición. Cada centímetro de calle es un escaparate y lo que resta un juego de espejos. ¿A qué viene entonces tanto intimismo, tanta ventana silenciosa y tanta penumbra moteada de trinos de pájaro? Se pregunta el que aún tiene ganas de hacerse preguntas, varias a la vez o una detrás de otra. Cualquier excusa es buena para preguntarse. También la calle Valdesangil, que no tiene ninguna culpa. En cualquier momento puede uno sentarse y escribir lo que a uno le apetezca decir. O puede que no le apetezca, sino que lo vomite. En cualquier caso, el resultado es el mismo. Y el resultado se pone en cualquier sitio, excepto la pared de la habitación. Porque claro, allí sólo lo vería uno mismo, o como mucho su madre, el gato, o una araña que pasara por allí. Eso no tiene tanta gracia como pensar que quizá lo acaben viendo unos cuantos desconocidos; también puede ser que no lo vean ni los desconocidos, ni la madre, ni el gato, ni la araña. Sólo uno mismo, que es un narrador omnisciente y lo ve todo. Eso nos enseñaron en el cole que hacían los narradores omniscientes. Con intentar que se vea, ya se queda uno satisfecho. Qué metarreflexionante todo, ¿no? Techos privados de metacrilato, a los que cada cual se enfrenta como puede.

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