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[Sin] (Pre)Juicios en la orilla*

[Post originalmente publicado el 21 de agosto de 2007]

Cuando entró en el vagón, cargada con dos mochilas y moviéndose como si buscara un lugar apropiado donde colocarse, esperaba escuchar una de esas historias desharrapadas que, ciertas o no, ya ni siquiera despiertan nuestra atención. Todos los que levantamos la vista debimos esperar lo mismo. Pero no. Permaneció silenciosa, y se sentó junto a un chico al que pidió perdón por haberse sentado con fuerza, con su carga entre las piernas. Temiendo enfadarla, no pude resistirme a mirar más detenidamente. Había algo especial en ella, una de esas auras indefinibles con las que nos topamos de cuando en cuando. Me sorprendió que sus brazos no fueran escuálidos, sino fibrosos y bien torneados. Debía haber pasado ya los cuarenta de largo, pero tenía un cuerpo mejor formado que el de muchas jóvenes; aparecía esbelta bajo las ropas estrechas de verano, gastadas, pero coquetas. Eso sí, sus tobillos estaban salpicados de varices. Y sus pies, curtidos y resecos. A ese detalle pronto le puso ella solución, como si me estuviera leyendo el pensamiento. Con una nueva disculpa hacia el chico que no sabía dónde meterse, y toda la naturalidad del mundo: se levantó, sentada en el suelo del extremo del vagón se dio crema en los pies, y volvió a su sitio. Los pasajeros más cercanos la miraban como si allí mismo hubiera degollado a un cordero. Había algo familiar en sus gestos. Yo tengo la misma forma de sacar y volver a colocar cosas en las bolsas/mochilas/contenedores de equipaje, cuando voy en un transporte público o privado. Llevaba un libro, y eso me encantó. Me pareció que el título, “Dios regresa en una Harley” o algo parecido, casaba perfectamente con su diadema de cuero y metal, de vieja rockera. Una observación absurda por mi parte, pero que casi me hace sonreír. Dos parejas con dos niños en sus respectivas sillitas se sentaron cerca. Entonces sí escuché su voz. Le hablaba embelesada a la niña que la miraba con unos ojos que se le salían de las órbitas de pura curosidad; no con las palabras rotas y los ruidos que se le hacen a los niños, sino como si fuera su cómplice y la comprendiera perfectamente. Apenas le quedaban dientes, y ella consciente de ello y de que todos nos íbamos a fijar en el detalle, sonreía a la chiquilla entre frase y frase. Me pregunté de todo: si tendría un sitio fijo donde dormir, cómo pasaba cada día, de dónde sacaría el dinero para lo que necesitaba, si había elegido su modo de vida o se había visto empujada a ello, si era una valiente que encaraba los peores golpes o sólo alguien que ya había tirado la toalla. Detalles que para mí no tienen ninguna importancia, para ella toda la del mundo. Llegué con mi maleta repleta a mi casa repleta. Pensando en todos aquellos que viven en la orilla de nuestro mundo acristalado, abrillantado e iluminado. Y deseé de corazón que, aunque sólo fuera a ella, todo le saliera bien. Un deseo infantil para una crueldad primaria, que a tantos deja descompuestos en los terraplenes. ———- *Colóquense o descolóquense los elementos entre paréntesis y corchetes, según los gustos o disgustos del consumidor

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