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Summertime in Carabanchel

[Post originalmente publicado el 30 de junio de 2007]

No importa la hora que sea: siempre hay gente en la calle. A primera hora de la mañana van a trabajar, o vienen de pasear, o bajan a comprar el pan; según la edad y condición. Por la tarde, pasean, miran tiendas, a menudo parecen moverse por mor del movimiento mismo más que con un fin o destino concreto. Como peones deslizándose por el tablero eterno (cf. Depeche Mode – The Bottom Line (c) 1997) Las noches se llenan con la berrea de grupos adolescentes dispersos en los rincones. Parecemos un anuncio de Dove, o de Benetton: cada uno de un color. También podríamos hacer un anuncio de propaganda de la Comunidad de Madrid o de la Agencia Tributaria: hay gente de todas las edades. La cantidad y variedad humana es la principal marca del carácter de estas calles estrechas y añejas, siempre atestadas. Dejarse llevar por la prisa madrileña, a estas alturas ya más típica que los callos o el cocido, es todo un reto. Especialmente los niños, con su andar errático y su espontaneidad, que hacen prácticamente imposible la predicción de movimientos que requiere todo buen practicante de rallies peatonales urbanos. Aquí un carrito, allá una anciana, acullá una pareja mirando un escaparate. Todos parecen confabulados contra el estrés, y sin embargo constituyen microsferas perfectamente ajenas a los ceños fruncidos del exterior. Todos dulcemente sacudidos por las burbujas del enorme caldero hirviente carabancheliano. Como la modernización urbanística (afortunadamente) no ha llegado aún, sigue habiendo árboles viejos -en vez de los raquíticos y mal cuidados árboles de ciudad, parleño dixit)- y jardines rodeados de setos -en vez de los ridículos parches de hierba acotados por vallitas de hierro y decorados con artificiosas composiciones de flores. Tampoco han llegado las torres de pisos con fachadas pseudofuturistas ni los chaletes -no cabrían. Perviven los edificios bajos de tres décadas o más de antigüedad, los patios traseros donde se pueden ver las terrazas de diez o más vecinos a la redonda, las aceras con baldosas de mediados de los noventa que se llenan de charcos cuando llueve pero no brillan ni resbalan. Al caer el sol, los machos de la manada lucen sus pechos descubiertos en las ventanas, mientras los hombros desnudos de las hembras se adivinan en segundo plano y dentro de la habitación. Con los codos apoyados en la barandilla de la terraza, intentando en vano seguir con la mirada el trazado serpenteante de las calles y las vidas que bucean en ellas, te preguntas: ¿cómo será Carabanchel en invierno?

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