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Una piña abierta

[Post originalmente publicado el 27 de mayo de 2007]

Buscaba una que fuera más o menos simétrica. Y sobre todo, que estuviera completamente abierta; con esa característica forma de pera, ancha por un extremo y estrechándose paulatinamente hacia el otro. Un piña de libro, o de foto. No era mi primera intención. En un primer momento solamente buscaba vegetación, tranquilidad, un viento libre en el que arrojar los miedos para que se fueran volando a algún lugar donde puedan transformarse en energías más constructivas. Buscaba tierra para estrellar las inseguridades en el crujir de mis pasos. Buscaba hierba, para estirar mis traumas sobre ella hasta fotosintetizarlos en mi aprendizaje emocional. Todo lo encontré, y también más cosas. Pequeñas margaritas blancas y amarillas, las mismas que nos enseñaban a mutilar en la preadolescencia; salpicadas por aquí y por allá en grupitos de tres o cuatro. Y piñas abiertas. Algunas a medio abrir. Enormes perlas rugosas de color marrón pacíficamente sentadas sobre la alfombra verde, como si no hubieran caído de las alturas sino que se hubieran formado de la tierra. Pero como tuve clases de Naturales, me puse a leer esperando que no quedara ninguna que pudiese caerme en la cabeza. Alguien tocaba timbales, por lo que apenas se distinguía el sonido del viento en los árboles. Afortunadamente, es uno de esos sonidos que se escuchan con el estómago. Me tumbé, y estuve mirando el cielo mientras escuchaba las conversaciones de mi alma. En el Retiro.

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