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El escaparate de las excelencias de la tienda de habilidades

[Post originalmente publicado el 24 de septiembre de 2009]

Somos la imagen. Las mesas ordenadas, sin ningún papel a la vista. La ropa adecuada al código, es decir, uniforme de oficina para que se note que nosotros somos de otra clase y nos pasamos el día delante del ordenador. La tarjeta de acceso colgada al cuello cual cencerro, para que el pastor pueda señalar las vacas de su propiedad sin tener que incurrir en los costes de marcarlas a fuego. Consentimos, porque como ellos bien saben, para nosotros son sólo pequeños gestos que no cuesta nada hacer y nadie quiere arriesgarse a saber qué pasaría si nos rebelamos. Qué pasaría si las criaturas del escaparate se negaran a posar. Ninguno quiere saberlo, así que posamos.

Nos miran, nos fotografían, nos piden individualmente consentimiento legal para utilizar nuestra imagen aunque en realidad lo único que quieren es la impresión que deja nuestra colectividad. Profesionales cualificados, entregados, obedientes, calmados. Un producto que puede cuantificarse y adquirirse mediante la firma de un contrato que se renovará automáticamente cada año. Las vacas somos el gancho.

Nos han mirado, fotografiado y evaluado. Se han fijado en la luminosidad del edificio de cristal con espacios diáfanos (a las personalidades que les guían les gustaría que además los puestos no estuvieran personalizados, pero las fotos de bebés se demuestran tan resistentes como la mejor de las barricadas) Dentro de sus cabecitas encamisadas han medido inversión versus beneficios mientras nos miraban trabajar, cientos de ojos clavados en los ordenadores para intentar olvidar que nos observan. Nos ven sin mirarnos, absorbiendo únicamente lo que de nosotros se desprende: energías aprovechables y encauzables para las diferentes causas corporativas.

Dentro de cada cual reside la mezquina esperanza de destacar algún día sobre el resto, y convertirse en ese que guía y muestra y vigila en pie. Se escuchan gritos enervados, se siente la ansiedad, se aporrean las teclas con rapidez para que suene a pura eficacia. La entrada en este juego quedó firmada en un papel que, como los pergaminos de los magos en los juegos, otorgan poderes legales a quien lo posee. Una vez dentro, lo que queda es hacer de cada minuto una oportunidad de venderse como la mejor opción de entre todas las que haya disponibles. “Aquí estoy, entre todos estos, yo”.

En una esquina, junto a la ventana, mirando los árboles con el gesto melancólico de quien daría lo que fuera por estar en otro lugar, alguien suspira cansado ante la enésima visita. En su mente se reproducen los sonidos electrónicos de “Amor Industrial”, esa oda satírica al sueño megalómano de la megacorporación dueña de todo y de todos. Ante sus ojos se perfila la enorme pantalla de aquella estación de Metro que tanto le recordó a las telescreens de 1984.

Esto es el mercado. En el fondo, sigue siendo una feria de ganado.

 

(Hoy tenía ganas de quejarme)

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