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Setenta y Tres

[Post originalmente publicado el 23 de octubre de 2009]

Años de vida juntos.

Cuando él se fue

se arrancaron de cuajo las raíces de ella.

El resto

las raíces viejas

tan extensas, buscando siempre

con un punto de angustia

el alimento de la vida.

Esas raíces

serían las últimas en desgajarse

y con ellas

se cortaron los cordones umbilicales de todos.

Desamarrada

se le desplomaron las energías sobre el intestino

allí donde el alimento se transforma en vida

allí donde lo esencial se separa del resto.

 

Él se fue en silencio.

Ella decía que él tiraba

la llamaba hacia sí.

Casi siempre estaba callado.

Quizá guardaba las palabras

para gastarlas en llamarla desde el otro lado.

Ella le perdonó las vergüenzas,

el gasto, y tanto silencio.

Él le perdonó la incomprensión

el reproche, y hablar tanto a otros.

 

Ella se fue

el mismo día que se había ido su padre

muchos años atrás.

Su padre,

a quien nunca dejó de rendir cuentas

ni a su fe

ni a sus principios.

Nada hizo que le hubiera reprochado su padre.

Excepto, quizás

esos setenta y tres años.

Si supiera su padre

lo mucho que la ha querido.

Quizás ella se lo ha contado

mil veces, cada día

ese mar de historias que llevaba consigo.

 

Él era un ser del campo

mal entendido, como todos ellos.

Del amanecer temprano.

Del tomillo y la jara.

No nos contó con qué soñaba.

Con ella, seguramente, y con todos.

Con su burro.

 

Yo les escribo este poema

y sueño con que ella se lo lee a él

en voz alta.

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