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Antes de dormir (I)

    

[Post originalmente publicado el 04 de abril de 2011]

La luz del baño se encendió con un pequeño zumbido. Hacía tiempo que deberían haberse cambiado los focos, pero parecía que en aquella casa sólo corría prisa lo que ella tenía que hacer. Se miró en el espejo; le saludaron sus propias arrugas. Parecía que cada día le salía una nueva. Las ojeras eran otra historia, hacía tiempo que habían llegado para quedarse. Observó sus ojos marrones, un poco enrojecidos, con aquellas cejas negras y perfiladas que endurecían sus rasgos. Repasó el contorno redondeado de su cara, con la piel en la línea de la mandíbula ligeramente caída. Chasqueó la lengua, fastidiada. El pelo no quedaba en mucho mejor lugar; varios mechones habían caído fuera del pasador que se había puesto por la mañana. Varias canas salían disparatadas en todas direcciones. Ya tocaba tinte, no fueran un día a confundirla con Einstein. No era un buen día para verse en el espejo. Le costaba recordar su aspecto de los veinte años, y no le gustaba mirar sus propias fotos; pero es que, además, ese día Concha estaba muy cansada.

Entró en la habitación dejando la luz del baño encendida, para no tropezarse con nada mientras se ponía el pijama. Aunque conocía la habitación como la palma de su mano, conservaba el miedo de golpear algo y despertar a su marido. Y eso que dormía como un bendito, dando ronquidos con una pierna por fuera del edredón. Había venido muy cansado del trabajo. Concha había preparado el desayuno para todos, había hecho las camas, había limpiado la cocina y los baños después de ducharse ella; había ido al banco para meter dinero en la cuenta donde pasaban los recibos; había ido a comprar la fruta y la verdura para la semana; había preparado la comida, vuelto a limpiar la cocina; había puesto lavadoras, había tendido y había planchado. Había ido a hacerle un poco de compañía a la vecina, que se había quedado sola cuando murió su marido y sólo salía de casa para ir al médico. Había vuelto para hacer la cena, había recogido la cocina por última vez. Estaba muy cansada, pero no podía decírselo a su marido. Él respondería que ella no había estado fuera de casa todo el día, trabajando, ganando el dinero del que vivían todos. Y tendría razón.

Se puso la bata y volvió al baño. Aquel era el mejor momento del día. Era su momento. Abría su armario de los tesoros, y sacaba sus cremas y sus discos de algodón. Concha se maquillaba muy poco, pero le gustaba cuidarse la piel y hacerlo le servía como relajante. Se sentía muy tranquila mientras se daba el exfoliante, el tónico, la crema de noche, la crema del contorno de ojos en su bote tan pequeñito, la crema de manos de aloe vera que olía tan bien. La cosmética era su único capricho. Todos los productos los compraba en la farmacia, pero eso sí, más bien de los baratos. Por mucho que sólo tuviera un vicio, había que poner límites.

Volvió a guardarlo todo en su sitio, apagó la luz del baño y se metió en la cama con cuidado. Su marido roncaba un poco más alto que antes. Todavía le costaba unos minutos conciliar el sueño, pero con el paso de los años se había acostumbrado a dormir con aquellos ruidos de locomotora. Algunas de sus amigas solían hablar de si podía decirse que todavía querían a sus maridos. Ella nunca se lo planteaba. No le veía sentido. Aquello del enamoramiento era para los primeros tiempos. Después de tantos años quedaban el cariño, la convivencia, todo lo pasado, y los hijos. Concha siempre había pensado que los hijos servían de pegamento para la pareja. Aunque algunas de sus amigas también decían que se pasaban el día discutiendo con sus maridos a causa de los hijos.

Ellos tenían dos hijas. Estaban en la edad de pelearse porque ese chico que te gusta es muy feo, y porque no te pongas mis pantalones que estás muy gorda y me los das de sí. No entendía cómo su padre era capaz de ignorarlas, y seguir viendo la tele tan tranquilamente. Seguramente porque apenas estaba en casa. Concha quería mucho a sus hijas, evidentemente, pero a veces le volvían loca. De vez en cuando pensaba que tenía muchas ganas de que crecieran de una vez, encontraran un novio y se casaran. Luego las veía reírse juntas delante del ordenador, y se sentía mal por tener semejantes ideas.

Recordó con amargura que aquel día había estado tan atareada que no había podido leer ni un minuto. A Concha le encantaba leer. Su marido siempre se quejaba de que tenía la casa abarrotada de libros, pero le respondía que total el polvo se lo quitaba ella, y allí terminaba la discusión. También le gustaba escribir, aunque esto muy poca gente lo sabía. Había escrito alguna cosilla corta, que había guardado en el fondo de un cajón tras dársela a leer a sus hijas. No es que fuera culpa de ellas; no se habían entusiasmado, pero al menos no se habían reído de ella, y Concha sabía que otras personas sí se iban a reír. Soñaba en secreto con escribir una novela enorme, de quinientas páginas por lo menos, sobre la vida de sus abuelos; una vida inventada, claro, porque sus abuelos habían tenido una vida de lo más normal. Cuando su padre murió, vendieron la casa vieja del pueblo. Pero aquella casa le había encantado desde niña, y con sólo pensar en ella se le ocurrían miles de escenas de la vida inventada de sus abuelos.

Aparte de novelas, Concha tenía varias guías y libros sobre Alemania. Siempre había oído que los alemanes eran gente muy ordenada y racional; y como ella era muy amante del orden y se tenía por una persona bastante sensata, se sintió atraída por ellos. Cuando empezó a informarse y a ver más allá del mito, se dio cuenta de que los alemanes le gustaban mucho más de lo que ella pensaba. Sentía una extraña conexión con el país y sus gentes, y a veces se preguntaba cómo habría sido su vida de haber nacido allí. Todos los meses apartaba algo de dinero en una cuenta de ahorro, con la intención de gastarlos algún día en un viaje a Alemania. No sabía cuándo podría ser, primero tendrían que establecerse las niñas y a ver cómo les quedaba la jubilación. Pero estaba segura de que, más tarde o más temprano, iría a Alemania.

One comment on “Antes de dormir (I)

  1. […] donde entre camión y camión había escrito sus versos. También me acuerdo de una persona que me ha inspirado muchísimo a pesar del poco tiempo que la traté; durante gran parte de su vida había sido y seguía siendo […]

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