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Antes de dormir (II y final)

[Post originalmente publicado el 05 de abril de 2011]

Concha había viajado muy poco, y nunca al extranjero. Solamente las visitas al pueblo, y algún que otro veraneo en la playa. Como casi todas las mujeres de su generación, se había casado muy pronto. Antes de casarse había conseguido un trabajo como planchadora en una tintorería. Su jefa la tenía en mucha estima, porque era mucho más espabilada que el resto de sus compañeras; le había prometido que cuando fuera más mayor y tuviera más experiencia, le enseñaría a llevar las cuentas. Aún recordaba cómo se cuadraba la caja, que fue lo único que pudo enseñarle su jefa antes de que dejara el trabajo porque se había quedado embarazada de su primera hija.

Desde entonces no había aprendido nada nuevo. Sólo a cocinar, a limpiar, a cambiar pañales; lo único que sabía hacer era cuidar de la casa, de su marido y de sus hijas. Hacía un poco más de un año decidió que eso tenía que cambiar, que ya era hora de aprender algo nuevo y que además le gustara para variar. Se apuntó a clases de alemán. Pasado el empuje inicial, le entraron miles de dudas. Incluso estuvo a punto de no aparecer por las clases, y eso que ya había pagado la matrícula. Sus hijas iban a clases de inglés después del instituto, y sabía que por lo general todo era gente muy joven. Además, ya era muy mayor para aprender un idioma, igual no era posible ya a su edad. Con todo, reunió el valor suficiente para ir a la primera clase, y se llevó la alegría de su vida. Resultó que la edad y el tipo de gente en las clases de alemán eran mucho más variados; había varias personas en su misma situación, y a mitad de curso ya había hecho algunas amistades. Aprender el idioma sí le costaba mucho, pero cuando se daba cuenta de sus progresos se sentía tan bien, que no le importaba el esfuerzo.

A su marido, el tema de las clases no le hacía mucha gracia. Cuando Concha le consultó si debía apuntarse, su primera reacción fue enfadarse porque pensaba que no sería capaz de estudiar y atender la casa al mismo tiempo. Pensaba que llegaría de trabajar y no tendría la cena preparada, porque ella estaría demasiado ocupada estudiando o quedando con la gente de la clase. Las clases empezaron y la casa seguía funcionando tan bien como siempre, así que las cosas se calmaron por un tiempo. Entonces ella empezó a hablarle de la gente que había conocido, y todo empeoró otra vez. Para añadir más leña al fuego, al acabar el curso tuvo que hacer mucho esfuerzo para poder prepararse el examen final sin dejar de atender ni la casa ni a su familia. Su marido le decía una y otra vez que tenía mala cara, que estaba perdiendo peso, que no podía con aquello. Concha aprobó el examen, pero después de la fiesta de fin de curso tuvieron una discusión tan fuerte que se estaba planteando si merecía la pena seguir con las clases. Aún no se había acabado el plazo para matricularse, pero seguía sin saber qué hacer.

Hacía un tiempo que su marido estaba especialmente irritable. Tampoco era culpa suya; la situación en la empresa donde trabajaba era cada vez más precaria, y ya no tenía ninguna garantía de poder quedarse hasta la jubilación. Cada pocos meses despedían a gente, y cada vez que eso pasaba su marido volvía a casa pensando que en la siguiente tanda le tocaría a él. A Concha también le ponía muy nerviosa el tema, pero al menos tenía el alemán para distraerse. Las tareas de la casa las hacía en automático, lo que le dejaba mucho espacio para pensar; pero mucha parte de ese tiempo la dedicaba a imaginar las historias sobre sus abuelos que formarían parte de su novela. Su marido, que no tenía aficiones y pasaba la mayor parte del día trabajando, sólo la tenía a ella.

Recordó aquella vez que fue a ver un espectáculo de ballet. Aquel era uno de los viejos sueños de Concha, y vio la ocasión perfecta para cumplirlo cuando una amiga le comentó que en la capital habían traído un espectáculo nuevo con precios muy razonables. Estuvo nerviosa todo el día, esperando que llegase su marido del trabajo para comentárselo. No estaba muy segura de cómo iba a reaccionar. Sabía que él no iba a querer acompañarla, y que solía enfadarse cada vez que Concha mencionaba la idea de ir sola a algún sitio. Por otro lado pensó que, como su marido conocía a todas las amigas con las que quería ir, se quedaría más tranquilo.

La cosa fue mucho peor de lo que imaginaba. A su marido no le gustaba que guardase dinero para ir a Alemania. Decía que era él quien lo ganaba, y que ese dinero debía ir para la casa y para todos, no para sus cosas personales. Concha se defendía afirmando que el viaje a Alemania era para los dos, y que bien se merecían un capricho después de pasar tantas penalidades. El argumento solía funcionar, pero ella había pensado pagar la entrada con parte de los ahorros de Alemania, y aquello puso a su marido fuera de sí. La cosa se puso tan fea que una amiga tuvo que prestarle el dinero, a la espera de que el asunto se fuera olvidando y se lo pudiera devolver. Cuando su marido le preguntó cómo había conseguido la entrada, contestó con cierto tono de reproche que sus amigas la habían visto tan ilusionada con el ballet que la habían invitado entre todas.

El día en que Concha iría a ver el espectáculo de ballet fue el más tenso de todo su matrimonio. Cuanto más se arreglaba, peor cara se le ponía a su marido; y cuanto peor cara se le ponía a su marido, más se esmeraba en arreglarse. Antes de que saliera por la puerta, él comentó entre dientes algo sobre mujeres que no les da vergüenza dejar a sus maridos tirados en casa. Concha giró sobre sus talones y se plantó delante del televisor, con todo el cuerpo rígido.
– Si tuvieras algún gusto por algo, a lo mejor teníamos algo en común, y podríamos hacer cosas los dos. Pero como no te gusta nada, tengo que ir siempre yo sola.

Salió a la calle sintiéndose mezquina por haber dicho algo así, más teniendo en cuenta que su marido se quedaría solo en casa rumiando sus palabras, y ella se iba por ahí a divertirse. Aunque también tenía la desagradable sensación de cuando uno se da cuenta de haber dicho una gran verdad.

Disfrutó muchísimo del ballet, a pesar de sentirse un poco triste, y de acordarse que en esos momentos su marido estaría viendo la tele solo en el salón. ¿Y sus hijas? Sus hijas no habían servido de mucha ayuda; se habían limitado a decir que no entendían a qué venía tanto escándalo, y que ya que salía podía ir a ver algo menos aburrido. A esas horas las dos estarían de marcha, y no se acordarían de nada.

Cuando salió del ballet, le invadió un sentimiento extraño. Muy pocas veces iba a la gran ciudad, y le sorprendió darse cuenta de lo grande que era y lo bonita que se veía aquella noche. Le daba una gran sensación de libertad, como si de un momento a otro fueran a salirle un par de alas y se pudiera ir volando. Le entraron ganas de sacar todo el dinero de los ahorros de Alemania, comprar un billete a Berlín y empezar desde cero.

Al día siguiente, desayunaron todos juntos como si no hubiera pasado nada.
Pero desde entonces, no había podido dejar de preguntarse.
¿Qué pasaría si un día de repente yo no estuviera? ¿Qué harían mis hijas si la ropa dejase de aparecer en sus cajones, lavada y planchada como por arte de magia? ¿Qué haría mi marido si tuviera que prepararse él mismo la cena?
¿Qué haría yo en ese mundo que hay afuera, más allá de mi hogar?

Concha suspiró, se tumbó de lado dando la espalda a su marido, y cerró los ojos.

 

Dedicado a C, un ama de casa fuerte, culta y generosa.

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