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El llamado descendente

[Post originalmente publicado el 30  de abril de 2011]

Aviso. Estoy tan cerca, puedes olerme a través del miedo. Sólo tienes que abrir los brazos, y estaré junto a ti. Me aferraré a tu pecho, y con el peso de los dos nos hundiremos.

Juntos nos meteremos en la cama, el último refugio. Entre las sábanas acomodaremos todas las creencias que pesan como el plomo; nos rodearán como huevos de aves carroñeras a punto de eclosionar. Las lágrimas se quedarán en la almohada, y la humedad en tu mejilla será la firma en tu contrato con la tristeza.

Todas las cosas que te gustan, casi las detestarás. Soy un amante exigente, y encontrarás que no tienes fuerzas más que para estar conmigo. Nada te apetecerá, excepto seguir asfixiándote en mí.

Para ambientarte, únicamente querrás escuchar música de violonchelo melancólico, y canciones de desamor; porque, ¿quién querría amarte a ti? ¿quién podría amarte a ti? ¿Ese saltarín violonchelo celta? Olvídate, el Sol no es para ti.

Deja que me siente sobre tus piernas, que ya no tendrás necesidad de correr. Ni mucho menos, de saltar. Te bastará con permanecer sentada, atisbando con tus ojos miopes aquellos a los que amas; al otro lado del glaciar yermo donde los habremos arrojado, te volverán la espalda y no podrán escuchar esos poemas que musitas en voz baja. ¿De verdad quieres que vuelvan? ¿Qué tienes para ofrecerles?

Alójame en tu cráneo, y lancémonos de cabeza por ese tobogán. Al final hay lodo. Y está blando y caliente, aunque sea lodo.

Mis sentidos me dicen que estoy de pie al borde del acantilado. Si abro los ojos, veo que estoy en la playa, a la orilla del mar. Mirar al mar a los ojos me mantiene anclada al suelo. Conseguir el mar ha sido mi triunfo, el relato heroico de mis capacidades.

Y a pesar de todo el viento sigue pareciendo una broma macabra de Dios. Enviado para erosionar mis defensas de roca volcánica, y confundir mis deseos.

Estoy preparada. Tengo mis herramientas. Intento resistir mientras me llama y me llama, y con cada llamada desciendo un poco más. La voluntad de no sucumbir nunca mía, pero en el fondo sé que aún me queda mucho para creer en mí.

Si tan sólo el fantasma del vacío dejara de hablarme.

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