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Lewis Carroll: ni sí, ni no, ni todo lo contrario

[Post originalmente publicado el 02 de junio de 2011]

En casi todas las habitaciones de la casa de mis padres había una o más estanterías con libros. Incluso la entrada estaba presidida por una estantería de mimbre, que en su parte superior tenía adornos, y en la parte inferior tenía libros. Cuando era pequeña solía ir de una habitación a otra, recorriendo con la mirada los estantes en busca de algo nuevo para leer.

Fue así como llegué a leer varios libros que no eran adecuados para mi edad; algunos no los entendí, pero otros me dejaron marcada para toda la vida. Es el caso de los libros de Sherlock Holmes, de los que ya hablaré en otra ocasión, y muy especialmente de Alicia en el País de las Maravillas.

Tuve la suerte de que el ejemplar que había en casa era la maravillosa edición de Alianza, anotada y comentada por Jaime de Ojeda, y con las ilustraciones originales (lo siento por los ilustradores que han hecho sus esfuerzos, pero para mí las únicas ilustraciones válidas para Alicia son estas) Con una edad muy temprana aprendí de memoria la historia de la excursión en barca con las hermanas Liddell, y quién era John Tenniel.

Hoy el libro está conmigo, “heredado” antes de tiempo por el derecho propio adquirido mediante años de relecturas. Lo he leído una y otra vez a medida que he ido creciendo, cada lectura con la perspectiva única de la edad que tuviera en ese momento.

Lewis Carroll, o su nombre real que también he sabido de carrerilla desde que era un comino, para mí fue una figura más bien abstracta de la que no sabía ni necesitaba saber gran cosa. Charles Lutwidge Dodgson era un genio matemático, un pastor anglicano, y el autor del muy favorito de mis libros favoritos. A la postre, era lo único que me interesaba.

Con el tiempo, me fue permeando la información de que Lewis Carroll tenía fama de pedófilo. Que su relación con las hermanas Liddell, y especialmente con Alice Liddell, era de todo menos inocente. Que era “amigo” de muchos niños, a los que solía fotografiar desnudos.

Nunca quise darle crédito a la información. En un principio, por un sentido de lealtad ciega al autor del libro más importante de mi vida. Y más adelante, por el tufillo sensacionalista de la noticia, que la hacía un tanto sospechosa. Yo seré muy parcial en este tema, pero hay que admitir que la idea de que el autor de uno de los libros más famosos de la historia de la literatura sea culpable de un pecado tan grave, tiene el tipo de morbo que atrae a los medios y también a muchos académicos.

Hasta que hace unos meses, en una de mis noches leyendo la Wikipedia hasta altas horas, me topé con lo que unos cuantos académicos han dado en llamar “El mito de Carroll”.

A grandes rasgos, la biografía estándar aceptada de Carroll lo representa como un genio en las matemáticas pero un inútil en el mundo adulto; un hombre extremadamente tímido cuya vida social se limitaba a su amistad con niñas, y carente de interés en cualquier relación con mujeres adultas. Esta es la imagen que sostienen sus estudiosos más reputados, como Morton N. Cohen, cuya biografía de Carroll se considera la definitiva.

Pero algunos autores, liderados por Karoline Leach y su obra In the shadow of the dreamchild, consideran que esta imagen se trata de un constructo elaborado a base de conclusiones precipitadas sobre datos ambiguos y un desconocimiento de algunos valores culturales de la sociedad victoriana.

Sus argumentos y conclusiones se pueden leer en las páginas Contrariwise y Lewis Carroll: Reality & Myth (por desgracia, toda la información sobre este tema que he podido encontrar está en inglés, pero me ofrezco a traducir lo que sea para quien esté interesado)

Básicamente, se dedican a desmontar con información sacada de sus diarios y cartas los puntos principales del “mito de Carroll”:

– Lejos de la representación romántica como un ser antisocial de alma delicada, Carroll disfrutaba de una extensa red social y era muy aficionado al teatro.

– Esta afición al teatro era condenada por su familia, así como sus relaciones “ligeras” con varias mujeres, algunas de ellas del mundo del espectáculo y algunas otras mujeres casadas. Esto originó que, en un intento bienintencionado de conservar su memoria y el honor de la familia, se destruyeran varios volúmenes de los diarios de Carroll y otra documentación en la que se mencionaban estas relaciones.

– Esta falta de documentación, y el hecho de que su primera biografía la escribiera su sobrino Stuart Dodgson Collingwood, han dado lugar a toda una serie de suposiciones que han acabado suplantando la ausencia de información.

– No sólo Lewis Carroll mantenía relaciones con mujeres adultas, sino que varias de las que él llamaba sus “amigas niñas” eran en realidad mujeres jóvenes que rondaban los veinte años.

– Las relaciones de Carroll con niños eran aprobadas por sus familias. La brusca ruptura de relaciones con la familia Liddell siempre se ha atribuido a la supuesta petición de matrimonio de Carroll a Alice, que en aquel momento tenía once años. Sin embargo, un documento recientemente aparecido sugiere que la ruptura fue motivada por las relaciones de Carroll con la institutriz de los Liddell o con “Ina”, que puede referirse a la hermana mayor de Alice o incluso a su madre.

– Las imágenes de niños desnudos en la época victoriana tenían un significado muy diferente del que puedan tener hoy en día. En esta época existía un “culto al niño” como imagen de inocencia y pureza, y en el marco de este culto a la infancia varios fotógrafos tomaban fotos de niños que incluso se enviaban como postales en Navidad.

Independientemente del crédito que se le quieran dar a estas investigaciones y afirmaciones, creo que Lewis Carroll al menos se merece el beneficio de la duda. Es muy injusto que se manche la memoria de un hombre con una acusación tan grave como la de pedofilia, por un afán de protagonismo académico que interpreta unilateralmente unos datos ambiguos porque su teoría se construye sobre sus propias conclusiones. Por desgracia, este tipo de prácticas son habituales y hasta reconocidas en el ámbito académico; y por suerte, Karoline Leach es una maestra en desmontar las contradicciones que subyacen estas teorías.

El mito de Carroll está tan asentado que será muy difícil desmontarlo, sobre todo porque veo poco probable que aparezca más documentación relevante que la que ya se conoce. Pero yo he pedido al señor Amazon que me traiga In the shadow of the dreamchild: siempre me ha gustado que la historia me la cuenten las voces menores, las que cuestionan y llevan la contraria.

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