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Lo que se aprende cosiendo

[Post originalmente publicado el 21  de abril de 2011]

Últimamente en los post de algunos amigos areneros se pueden leer reflexiones sobre la atención plena y tratar de llevarla a las tareas cotidianas. Yo misma he hablado alguna vez de la importancia de hacer incluso las tareas más sencillas o pesadas disfrutando de cada movimiento, de la acción realizada, y del momento presente.

Hoy he estado cosiendo, y he recordado estas reflexiones. Porque mientras cosía, además de la energía positiva que en mi opinión se desprende de cualquier acto de creación, notaba que estaba enseñándome a mí misma una lección sobre la paciencia.

La costura es algo que siempre me ha llamado muchísimo la atención. Desde pequeña me ha fascinado la cantidad de cosas que se pueden hacer con unas telas e hilos, desde ropa hasta muñecos. Y por supuesto, también la tremenda habilidad que tienen las personas dedicadas a ello.

En varias ocasiones he intentado hacer mis pinitos, pero en ninguna progresaba mucho precisamente debido a la falta de paciencia. Mi madre es una excelente costurera, capaz de sacarse de la manga un disfraz para mi sobrina con sólo tener la idea en la cabeza. Pero es una pésima profesora, a pesar de que se esfuerza mucho por hacerse entender. Una de las cosas que le faltan para enseñar bien, es la paciencia. Sí que consiguió enseñarme lo suficiente como para que haya sido capaz de remendar mi ropa y pegar los botones cuando se han caído. Eso sí, cuando ella ha estado cerca le he cedido el paso, que estas cosas es mejor dejarlas en manos de los maestros.

Hace uno o dos años, en el momento que decidí retomar las cosas que me hacían sentir bien, decidí que también la costura entraría a formar parte. Anoté entre los objetivos mentales hacerme con una máquina de coser en cuanto las circunstancias lo permitieran.

Estoy bendecida con el cariño de unas personas increíbles, que además ponen todo de su parte para ayudarme a conseguir mis sueños. Así que no pasó mucho tiempo antes de que mi deseada máquina de coser llegara a mi vida. Además, sin pedirlo añadieron un costurero que es literalmente único, ya que está hecho a mano especialmente para mí.

Con tanta motivación, decidí que era el momento de superar mis limitaciones. Me cuesta mucho mantener la atención centrada en una sola cosa, por lo que me resulta tremendamente difícil estar haciendo cualquier actividad durante un tiempo sostenido, aunque sea algo que disfrute. Si la actividad en cuestión no implica que las cosas me salgan bien a corto plazo, la cosa empeora, ya que tengo muy poca tolerancia a la frustración.

Sabía por experiencia que la costura iba a dar en esas dos piedras de toque: tendría que emplear mucho tiempo para completar algo, y además lo que hiciera tardaría mucho en estar bien. Pero estaba dispuesta a demostrarme a mí misma que soy capaz de mejorar.

El primer reto fue enhebrar la máquina de coser. Mi madre nunca consiguió enseñarme por completo, pero yo conseguí que me repitiera los pasos tantas veces como para tener una idea del proceso. Me ayudé de internet, mi gran aliada en mis empresas autodidactas. Era consciente de que si dejaba pasar mucho tiempo antes de enhebrarla primera vez, me crearía una de mis fobias personales en torno a la máquina de coser y nunca la tocaría. Así que una buena mañana, me puse en la mesa del salón con la máquina, el costurero, y el portátil.

Me tiré dos horas de reloj hasta que conseguí enhebrarla, y que cosiera. Para quien no haya usado la máquina de coser, el enhebrado es una especie de misterio mariano que parece muy fácil una vez se ha aprendido, y poco menos que imposible cuando no se sabe. Hay que enhebrar el hilo por la parte de arriba siguiendo un misterioso camino cuya lógica aún no comprendo; y abajo hay que colocar y enhebrar la canilla. Ambas cosas deben estar bien hechas, o de lo contrario los hilos no se juntan y la tela no se cose, o sólo hace puntadas el de arriba, etc. A mí me debieron ocurrir todas las variantes, pero cuando por fin conseguí dar mis primeras puntadas, hasta yo me sorprendí de mi propia perserverancia.

El primer reto superado, me quedaba el segundo: coser los bajos de los pantalones. Esto que algunas personas hacen con la facilidad de Mary Poppins, es todo un desafío para una persona con la capacidad de un leprechaun para mantenerse quieta en el mismo sitio. Cortar, hilvanar, coser, deshilvanar… un proceso que, con mi habilidad actual y siendo varios pantalones, ha llevado horas. Y no sólo he conseguido llevarlo hasta el final, sino que lo he disfrutado.

Para empezar, cosas de la evolución, he tardado un minuto en enhebrar la máquina. Y mientras cortaba, cosía, probaba, he conseguido relajarme y centrarme en lo que estaba haciendo. Nada de retorcerme en la silla y pensar cuándo narices voy a quitarme esto de encima. Mi paciencia, como una bola chiquitita, se iba amasando y ablandando. Para cuando acabé, había asimilado unas gotas más del valor de la paciencia y del trabajo manual.

En otro orden de cosas, y ya que Libro de Arena va fundamentalmente de literatura, diré que la costura ha inspirado una historia que será mi primera novela. Una historia que escribiré pasito a pasito, a lo largo de meses o de años si es necesario; creyendo que si hace un tiempo era incapaz de escribir diez páginas seguidas, hoy puedo ser una persona distinta. Porque hay un límite muy pequeño a lo que un ser humano es capaz de hacer en un día, y esto lo aprendí con la mudanza.

Cada vez entiendo mejor la insistencia de Gandhi en la importancia de hilar algodón.

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