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Otras formas de narrar

[Post originalmente publicado el 14  de mayo de 2011]

Aunque no tengo información concreta sobre el asunto, en principio no parece que a la industria del libro le vaya mal. Los libreros dicen que se vende menos, y probablemente sea verdad; pero interpreto como un buen síntoma el hecho de que haya multitud de Ferias del Libro repartidas por toda la geografía española; y que la bellísima costumbre de Sant Jordi lleve varios años traspasando las fronteras catalanas.

A la industria literaria tradicional, se le han unido los ya popularizados e-books. Cada vez se ven más reproductores de e-books, de todas las marcas y modelos; hace unos días un familiar comentó en Facebook que en el tren veía más gente con e-books que con libros y periódicos. A pesar de esta masificación, no parece que el e-book sea una amenaza para el mundo editorial; ciertamente el impacto es muy diferente del que causaron los mp3 en el negocio de la música. Al fin y al cabo, los e-books siguen siendo una forma de negocio para las editoriales. Eso sí, un vistazo por algunas páginas de e-books basta para ver  que la industria editorial está cometiendo el mismo error que la discográfica en su momento: cobrar por contenido virtual lo mismo o muy poco menos que por el contenido físico. Esperemos que se apliquen el famoso refrán de “Cuando las barbas de tu vecino veas cortar…” y rectifiquen.

Afortunadamente, no sólo de industria vive la creatividad. También en paralelo a lo que ocurre en el mundo de la música, donde cada vez más grupos optan por permanecer fuera de las empresas discográficas y se autoproducen, muchos escritores noveles están optando por la autoedición. Incluso, de la misma forma que los grupos de música cuelgan sus discos gratis en Internet para darse a conocer, los autores cuelgan sus libros para llegar al máximo número de lectores posible.

Muchos libros se publican cada año, y cada vez más escritores amateur se están animando a mostrar su obra al mundo, ayudados por la proliferación de blogs y webs de autoedición. Así que podemos afirmar que, en general, la literatura goza de buena salud.

Aparte de la literatura, los otros dos medios de los que disponíamos para contarnos historias los unos a los otros han sido fundamentalmente el teatro y el cine.

Vi en La 2 un reportaje sobre el cambio de la situación del teatro en España. Según el reportaje, a mediados de los 80 (si no me falla la memoria) la industria del teatro se encontraba en una grave crisis; la afluencia de público había disminuido drásticamente, cada vez menos teatros programaban representaciones, y la impresión general de quienes estaban en el mundillo es que se iría desvaneciendo hasta caer en el olvido.

Entonces llegaron las salas pequeñas o teatros “alternativos”. Al programar obras muy pequeñas que requerían poco presupuesto, con compañías modestas en salas apartadas de los grandes circuitos, el dinero necesario para montar una representación disminuyó drásticamente. También lo hizo el precio de las entradas, con lo que el público empezó a volver al teatro.

Desde mi experiencia personal, creo que también fueron fundamentales las iniciativas culturales de ciudades del extrarradio, al menos en la Comunidad de Madrid. Los pequeños teatros de las ciudades del extrarradio empezaron a acordar iniciativas para que las últimas representaciones de grandes obras de la capital se hicieran en sus salas; así se conseguía el doble beneficio de alargar la vida de la función, y hacerla llegar al público no habitual del teatro que no necesitaba desplazarse ni hacer un gran desembolso de dinero. Hoy en día, en Madrid incluso hay festivales consolidados como el Festival Sur de Teatro, que celebran a la vez varios municipios del Sur de la Comunidad.

El renacimiento de los musicales ha llevado a una afluencia masiva de público a los teatros. Hay muchas salas funcionando, con todo tipo de obras: humorísticas, dramáticas, producciones originales y adaptaciones de clásicos. Si el teatro hace algunas décadas estaba a punto de morir, al menos en España ha resurgido de sus cenizas y está en mejor forma que nunca.

En el caso del cine, la historia es muy diferente. A pesar de que Hollywood sigue abordando superproducciones, cada vez debe hacerlo a un ritmo más frenético para aprovechar el momento del taquillazo inicial. Refritos edulcorados de clásicos de la Era de Oro, historias simplonas de superhéroes y la enésima película de animales de Pixar se suceden unos tras otros, intentando sostener a un monstruo que se está devorando a sí mismo. Sólo los sueldos de unos actores mayoritariamente mediocres se llevan gran parte de una recaudación que cada vez es más difícil conseguir.

Al contrario que en el teatro, el cine independiente sigue siendo reducto de gourmets, por lo que no supone ningún impulso para la industria. Y por mucho que se quejen los músicos de campanillas, en el caso del cine sí han sido devastadores los archivos compartidos por Internet. No es de extrañar: cuando uno mira la cartelera y que tiene que decidirse entre “Gnomeo y Julieta” y la película de Justin Bieber, es que algo va realmente mal.

Las salas de cine no sólo no han sabido adaptarse a los nuevos tiempos, sino que han hecho como si esto siguiera en la cresta de la ola y han subido los precios cada año hasta límites desorbitados. Las entradas cuestan una media de 8€. Imaginemos una familia, padres y un hijo pequeño. Quieren llevar a su hijo al cine, para ver los tres juntos una peli de animación. Entre los tres, sólo en el precio de la entrada se van a gastar 24€ Eso para ver una peli de dibujos normalita. Cuando a esa familia se le da la opción de elegir entre ir al cine o bajar la peli y verla en casa, no se les puede culpar por elegir lo segundo.

Para colmo de males, la opción que se les ha ocurrido a las mentes preclaras del negocio ha sido la apuesta masiva por las películas en 3D. Cuyas entradas son aún más caras. Bravo, bravo y bravo.

Con este escenario en mente, se entiende que en los últimos años la industria del cine esté siendo superada en beneficios por la otra forma de narrar que ha surgido recientemente: los videojuegos.

Desde los primeros juegos de “matar marcianitos”, la industria de los videojuegos ha evolucionado desde una forma de entretenimiento puro hasta un arte de narración por mérito propio. Ya en los primeros tiempos, en los años 80, había autores con ambiciones narrativas que trasladaban sus ideas a los juegos. Pero han sido las últimas generaciones de consolas las que han aportado la calidad gráfica y los recursos técnicos necesarios para convertir grandes ideas en grandes historias, que además se pueden jugar.

Personalmente, mi experiencia con los videojuegos ha empezado a profundizarse de forma muy reciente. Y con ello he descubierto que los mejores guiones que ahora se están escribiendo no salen de Hollywood, sino de las compañías de videojuegos. La saga Mass Effect podría pasar perfectamente por una excelente película de ciencia-ficción. “Red Dead Redemption” es la mejor historia del Oeste que se ha contado en los últimos tiempos. Y para mí la obra maestra del gremio y que ha supuesto una vuelta de tuerca: “Heavy Rain”, más que un videojuego, una película interactiva que de ser filmada quedaría a la altura de “El silencio de los corderos”.

En la industria del videojuego hay mucha creatividad y muchas posibilidades. Está en pleno crecimiento, y la inversión en desarrollo tanto de juegos como de plataformas es ingente. Sin embargo, buena parte de la población no encuentra los videojuegos atractivos; y no están dispuestos a pelearse con la maquinita a cambio de que le cuenten una buena historia.

Para los alérgicos a las tecnologías, aún queda otro nicho de creatividad: las series. Casualmente, es justo Estados Unidos quien está ofreciendo una buena de cantidad de series al resto del mundo, y no hablo precisamente de Lost. Dexter y El Mentalista son dos de mis favoritas, pero hay otras muchas más como Mad Men o The Big Bang Theory.

Hemos estado narrando desde el principio de los tiempos. Puede decirse que está tan grabado en nuestro ADN como comer o respirar. Ahora que las tecnologías nos dan la posibilidad de hacerlo de muchas formas diferentes, deberíamos saber aprovecharlo, y dejarnos de machangadas como las películas en 3D (por Dios, que las gafitas bicolor y la furia por el 3D ya llegaron a principios de los 90 y quedaron abandonadas; no nos empeñemos en rescatar lo que ya no funcionó una vez)

Por ejemplo, los niños cada vez crecen más mediatizados, y no es raro oír eso de que “Para qué me voy a leer el libro, si puedo ver la peli”. Para luego no hacer ni una cosa ni la otra. Pues ahí están los e-books, ofrenciéndonos un montón de posibilidades para iniciar en la lectura a esos niños que están bombardeados por estímulos multimedia, y no saben conectar la lectura con la imaginación.

Las herramientas están para utilizarlas, y si se hace con sentido común redundan en beneficio de todos. Sigamos explorando todas las formas de que disponemos para contarnos nuestros cuentos, para que las generaciones futuras sepan disfrutar de todas ellas.

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