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Vida de una Geisha – Mineko Iwasaki

[Post originalmente publicado el 23 de mayo de 2011]

En Japón, estado insular de Asia oriental, existen unos distritos especiales, llamados karyukai, que están dedicados al disfrute de los placeres estéticos. En estas comunidades viven y trabajan las geishas, profesionales instruidas para las artes.

El término karyukai significa “el mundo de la flor y el sauce”. Así toda geisha es en esencia hermosa, como una flor, y a la vez elegante, flexible y fuerte, como un sauce.

En los trescientos años de historia del karyukai, ninguna mujer se ha atrevido a desvelar sus secretos: nos lo han impedido las reglas tácitas de la tradición y el carácter sagrado de nuestra peculiar actividad.

Pero creo que es el momento de hacerlo. Quiero que se conozca cómo es en realidad la vida de una geisha, repleta de singulares exigencias profesionales y colmada de compensaciones. Son muchos los que sostienen que fui la mejor geisha de mi generación, y en verdad, coseché más éxitos que cualquier otra. Sin embargo, con los años esa vida devino asfixiante para mí, y hube de abandonarla.

Hacía mucho tiempo que deseaba narrar esta historia.

El prólogo de Vida de una geisha empieza con estas palabras de Mineko Iwasaki. Ya los primeros párrafos son toda una declaración de intenciones, y tampoco es casualidad que el subtítulo sea “La verdadera historia”. Este subtítulo creo que es de la edición, ya que el original se titula simplemente Geisha, A life o en algunas ediciones Geisha of Gion. En cualquier caso, el subtítulo está muy bien puesto.

El libro más archimundialmente conocido sobre geishas (y uno de los pocos sobre el tema, bien mirado) es Memorias de una geisha. En casa de mis padres había una copia, pero curiosamente nunca me dio por leerlo. Japón forma parte de mis fetiches culturales de siempre, junto con Egipto y los celtas. Sin embargo, no soy ni mucho menos experta ni me considero informada más allá de los datos de cultura general. Por varios motivos que no vienen al caso, no me he informado más.

Teniendo Memorias de una geisha tan a mano, el impulso normal habría sido leerlo inmediatamente. Pero no. En algún lado mi cerebro había recogido información crítica hacia el libro, relacionada con lo poco acertado del retrato de las geishas. También había oído miles de opiniones muy favorables; pero tengo la suerte de contar con el espíritu de la contradicción, transmitido de generación en generación desde mi abuelo, y la información más saliente para mí era la crítica. Nunca lo leí, ni tuve ganas de leerlo.

¿Por qué, entonces, habría de querer leer Vida de una geisha? En la Feria del Libro de Las Palmas, cuando topamos con la primera caseta que tenía libros de segunda mano, yo salí correteando hacia ella. Los libros de segunda mano tienen para mí un atractivo especial (aparte de ser más baratos, obviamente) Topé conVida de una geisha. Lo miré, lo remiré.

Cuando no tengo información relevante sobre un libro, me dejo llevar por las vibraciones que me transmite. Otra persona daría una explicación relacionada con mis expectativas, lo atractivo del título y lo bien o mal escrita que esté la contraportada. Yo prefiero hablar de energías. Y Vida de una geisha me daba muy buen rollo. Al contrario que Memorias de una geisha, que además de las críticas que medio recordaba, nunca me dio buen “feeling”. Así que Vida de una geisha se vino conmigo a casa.

Buscando información, me di cuenta de que por desgracia no se puede hablar de un libro sin hablar del otro. Y digo por desgracia, porque la conexión no es precisamente positiva. Resulta que Mineko Iwasaki fue la principal fuente de inspiración para Memorias de una geisha, que es una versión mal disimulada y muy distorsionada de su vida. Y resulta que Mineko Iwasaki demandó a Arthur Golden por incumplimiento de contrato y difamación; incumplimiento de contrato porque había accedido a hablar con Golden siempre que su identidad permaneciese en secreto, y por difamación por la distorsión que hacía de hechos de su vida.

Así que Vida de una geisha es la respuesta a Memorias de una geisha; la verdadera historia de cómo es el mundo de las geishas, y no la visión de un hombre americano sobre ello. Me quedé contentísima con mi elección.

Empecé a leer, y no me defraudó. Mineko Iwasaki consiguió conjurar la magia que me hace quedarme leyendo hasta altas horas de la noche, pensando “sólo un capítulo más”.

La historia en sí está a medio camino entre la autobiografía y el reportaje. Los hechos de la vida de la autora se intercalan con explicaciones sobre el funcionamiento del karyukai y aclaraciones de diferentes conceptos en la cultura occidental y la japonesa. En este sentido me parece extraordinaria la labor de Rande Brown, coautora del libro y puente entre Mineko Iwasaki y la mentalidad de los lectores occidentales. Cada vez más tengo la impresión de que muchos malentendidos y falsos mitos sobre la cultura japonesa tienen su origen en la exhibición de manifestaciones culturales japonesas sin explicar sus contenidos, asumiendo que el público occidental va a saber entenderlos. Que las culturas son diferentes es algo más que una frase hecha.

Una vez abrí el libro, tuve la impresión de que Mineko Iwasaki se había sentado frente a mí y se había puesto a contarme la historia de su vida. Su forma de contar las cosas es sencilla y directa, tan natural como una conversación alrededor de una taza de té. Los datos se intercalan con interpretaciones casi místicas de algunas situaciones, que no se aclara si son reales o percepciones de la autora. Según voy consumiendo literatura japonesa, se refuerza la sensación de que tienen una tendencia natural hacia cierto grado de realismo mágico. Introducen elementos sobrenaturales en situaciones cotidianas de manera sutil pero apreciable, sin precisar dónde empieza lo uno y acaba lo otro.

A pesar de haber sido un personaje de gran importancia en su país, Mineko Iwasaki navega perfectamente entre la modestia y el orgullo. No oculta sus fracasos, y tampoco sus éxitos; no dramatiza los unos, ni magnifica los otros. Por intrascendente que pueda parecer, a mí me ha hecho la lectura más agradable, ya que no soporto ni la autocompasión ni el narcisismo.

Y por supuesto, está la impagable incursión en el mundo de las geishas; incluso un poco más allá, ya que a menudo la historia se extiende y toca las artes tradicionales japonesas, muy relacionadas con ellas. Como la misma Iwasaki explica, “geisha” significa “artista”; y “geiko”, el término que se utiliza en Kioto, significa “mujer del arte”. Vida de una geisha no es apto para aquellos que quieran mantener la visión occidentalizada de las geishas como delicadas y misteriosas cortesanas; pero es un regalo para aquellos que quieran conocer cómo es su mundo de verdad.

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