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We Came To Dance

[Post originalmente publicado el 04 de agosto de 2011]

Para los que bailábamos, era todo un ritual.

Durante la hora del rock gótico, permanecíamos alrededor de la pista. Charlando, siempre en conversaciones extremas: sobre lo más banal, o bien sobre lo más profundo. O bien apurando copas, “calentando motores”. Yo era extremadamente fiel a mi política de una Coca Cola para toda la noche (o más bien, para el rato que estaría allí), y solía tomarla después de bailar, cuando necesitaba refrescarme.

Entre las 22,30 y las 23,00 venía lo bueno. A medida que las canciones de nuestro momento se iban colando, los bailongos bajábamos a la pista y tomábamos posiciones; o bien esperábamos apoyados en un extremo a que pusieran nuestras canciones favoritas. En algún momento que todos sabíamos identificar instintivamente, empezaba la serie de canciones estrella. Y daba comienzo nuestra particular epifanía.

Como todo en aquel mundo de vampiros de salón, se trataba de una experiencia completamente individual que tenía lugar en grupo. Cada cual cerraba los ojos y se transportaba a su propio universo bailongo. En ocasiones, se producía una conjunción excepcional de vivencias y movimientos, y dos extraños bailaban al unísono como si estuvieran bailando perfectamente juntos. Pero no, estaban bailando separados.

Bailar de lejos sí es bailar.

Con mi facilidad para aprenderme las letras, me sumergía y buceaba en el trance tanto a través del baile como del apasionado seguimiento de las palabras con los labios. En mi cabeza se dibujaban las palabras, los significados, los sentimientos evocados. Con la musicalidad que algunos expertos dicen que tengo, también me aprendía de memoria los movimientos de las canciones. Algo bastante fácil, por otra parte, tratándose de música electrónica. Anticipaba en segundos ese movimiento ascendente, esa base rítmica que de pronto pasaba a primer plano, y cuando por fin llegaba la expectación cumplida me hacía disfrutar el doble.

Cada bailongo tenía sus preferencias, pero la canción climática era siempre la misma para todos. Cada noche, siempre con la misma canción y aproximadamente a la misma hora, la pista se llenaba y todos los que allí estábamos nos aupábamos juntos en un crescendo que culminaba en la última nota de la canción. Qué canción tenía ese honor, era algo que cambiaba por temporadas.

Durante un corto periodo de tiempo fue Join Me. Eurythmics reinaron en una época más tardía. La canción de la edad de oro, la que durante más tiempo representó el momento cumbre de la noche, fue Sometimes. Reconocida por todos antes de terminar el primer motivo del teclado, alzábamos las manos al aire, cerrábamos los ojos y sonreíamos, en una anticipación cómplice de nuestros tres minutos de éxtasis.

A veces, las palabras se quedan cortas. Lo que sentí, lo que viví bailando Sometimes, sencillamente no se puede describir. Ni explicar. Se quedará conmigo, sólo para mí, hasta el final.

Tras la última nota, salíamos de la pista, sudorosos y cansados. Volvíamos a las copas, a las conversaciones o a los besos, cada uno a lo suyo. Costaba sacudirse la sensación de acabar de volver de un viaje a otro plano, a otra realidad.

Hasta la semana siguiente, habíamos terminado nuestro ritual.

Bastantes años más tarde, compré en Alemania el disco que incluye Sometimes. Y lo que es más importante, un poco más tarde pude escucharla y bailarla en directo, en concierto. Sentí claramente cómo un círculo se cerraba en mi interior. Cómo una caja preciosa cerraba su tapa, guardando un tesoro emocional intacto.

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