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Libros salvados de la quema

[Post originalmente publicado el 19 de junio de 2011]

Siguiendo con la vena nostálgica, con este castillo de la memoria literaria que estoy construyendo en Libro de Arena, estos días he estado recordando unos libros que fueron de los primeros en llegar a mi vida. Y como pocas cosas me han llegado por los cauces más habituales, estos libros lo hicieron también de una forma especial y diferente.

Cuando las calefacciones centrales de los edificios se alimentaban con calderas de carbón, mi padre llevaba el mantenimiendo de todas las de la zona donde vivíamos. Para ayudar a iniciar la combustión del carbón, se metían en la caldera papeles viejos que se prendían. Los vecinos de los edificios solían contribuir a mantener el “stock” de papeles viejos dándole a mi padre los periódicos, revistas o cuadernos que ya no querían. Incluso, en no pocas ocasiones, le daban libros.

A día de hoy, me parece horroroso condenar a un libro a la hoguera de esa forma, aunque sea para contribuir al bien mayor de mantener a los parroquianos calentitos. Pero en su día, cuantos más libros llegaran a las calderas, mejor para mí; porque mi padre, sabiendo que me gustaba mucho leer, traía a casa todos los que le parecía que me podían interesar. Libros que se salvaron de la quema, y pasaron a formar parte de mi infancia.

De esta forma, llegaron a mis manos los libros de Puck, el personaje de Lisbeth Werner. Sólo fueron dos: Puck en la nieve yPuck, siempre Puck. Y es que la parte negativa de heredar aquellos libros salvados del fuego, era que si pertenecían a alguna colección como era el caso de Puck, yo estaba condenada a tener sólo un par de ejemplares. Ahora se puede ver con la perspectiva romántica de la colección eternamente inacabada, pero maldita la gracia que me hacía a mí en aquellos días.

Por mucho que me frustrase, no tenía alternativa; y como ya he comentado que en casa había un número limitado de libros que podía leer, lo que hacía por un lado era releer mis pedacitos de colección incompleta una y otra vez. Y por el otro, fantasear con lo que podrían contar otros libros. Normalmente, en la contraportada venía una lista con todos los títulos de la colección. Yo los miraba una y otra vez, imaginando las historias que contenían aquellos libros que nunca leería.

Los libros de Puck fueron probablemente de los más releídos. En aquella época, en la que no era muy consciente de lo que era un internado, el de Egeborg me parecía el hogar de mis sueños: lleno de amigos inseparables, aventuras y emociones. También recuerdo el único libro que tenía de los Hollister, y el también único ejemplar de los Siete Secretos. En el caso de los Siete Secretos no me importaba tener sólo un libro, ya que me parecían muy inferiores a los Cinco; aunque como he comentado a algún amigo arenero, los Siete Secretos tuvieron el honor de descubrirme la palabra “cobertizo” (y de que, en mi ignorancia y por la gracia de Enid Blyton, me pareciera un lugar de lo más exótico)

Hablando de los Cinco, creo recordar que el primer libro que leí de ellos llegó a mis manos pasando por las calderas; y me gustó tanto, que en este caso sí pude disfrutar del resto de la colección. Pero la memoria de mi madre es bastante más engañosa que la mía, así que este hecho tendrá que quedar en el terreno de la leyenda.

De entre este grupo de libros tan especiales, también recuerdo con mucho cariño las fábulas ilustradas por María Pascual, de las cuales había varios tomos de editoriales distintas. En este caso concreto, miraba más que leía. Fascinada con el dibujo desde que tengo uso de razón, me pasaba largos minutos contemplando las ilustraciones de María Pascual. Buscando imágenes para poner aquí, me ha emocionado toparme con las ediciones exactas de dos de los libros que tenía:

  

Entre los condenados a las calderas no sólo había libros, sino también cómics. Imagino que mi padre los traía a casa pensando más en mis hermanos que en mí, pero era yo quien se los acababa llevando a la cama (para leerlos, lógicamente) Ya un poco más crecida, leí varios de superhéroes: Batman, Superman y Daredevil. Nunca me han gustado mucho los cómics de superhéroes, pero gracias a Daredevil descubrí el personaje de Elektra Natchios. Una de mis adquisiciones recientes más preciadas es el tomo de la miniserie Elektra: Asssassin, que conseguí en Amazon y esperé ansiosamente a que apareciese en mi buzón.

Mucho antes de esto, me inicié en la lectura de cómics de la mano de varios tomos enormes que recopilaban historias de nada más y nada menos, que… ¡¡¡los Pitufos!!! Poniendo los cimientos de la costumbre de leer antes de dormir, me quedaba hasta altas horas disfrutando de aventuras como las del Ketekasko y en general pitufando la pitufa.

También di con alguna aventura de Johan y Pirluit, que en general no calaron en mi imaginario salvo una en la que encontraban la aldea de los pitufos; y que seguramente sólo recuerdo porque un amigo de mi pinche tiene un pelo bastante parecido al de Pirluit.

Por desgracia, estos libros que se salvaron de una muerte cierta y volvieron a la vida en mis manos infantiles, a día de hoy se encuentran en paradero desconocido. Tengo una familia amplia, con mucha gente de edades superiores y también inferiores. Cuando crecí y ya no prestaba atención a estos libros, mi madre consideró oportuno regalarlos a las generaciones más jóvenes. En un principio había escrito que lo hizo sin mi consentimiento, pero haciendo memoria he recordado que realmente me preguntó si me parecía bien, y yo le dije que sí.

No sé si mis primos han disfrutado de estos libros tanto como yo lo hice, o si los han manejado con tanto cariño como yo en su día. De lo que estoy plenamente convencida, es de que su recuerdo y lo que dejaron en mí permanecerán tanto como yo lo haga.

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