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Tintín y la “ligne claire”

 [Post originalmente publicado el 17 de agosto de 2011]

Creo que no patino mucho si afirmo que todos los que tenemos hermanos mayores, nos hemos visto influenciados por sus gustos, especialmente en lo que a cultura se refiere. Quién no ha acabado escuchando a un grupo (o detestándolo, según los casos) porque le gustaban a su hermano mayor, o se ha leído los mismos libros aunque no tuviera aún edad para entenderlos, o incluso ha acabado vistiendo igual según un caso que he visto muy de cerca.

Uno de mis hermanos fue el encargado de descubrirme bastantes cosas que sigo disfrutando a día de hoy. Las canciones de INXS, las retransmisiones deportivas, y de forma especial en el campo de la literatura, los cómics de Tintín.

Tuve la suerte de que a mi hermano le gustaran tanto las historias de Tintín que tenía casi todos los álbumes que se habían editado hasta esa fecha. Me encantan los cómics desde muy niña, pero al mismo tiempo siempre me han frustrado de alguna forma por esa desesperante cualidad que tienen de acabarse en un santiamén. Tardé muy poco tiempo en devorar toda la colección de mi hermano. Algunas veces, para consolarme con el consuelo del tonto, le daba la vuelta a los que tenían la lista de la colección completa; miraba y remiraba los títulos que faltaban, imaginando cómo serían sus historias, y sobre todo deseando que algún día a mi hermano le diese por comprarlos o a alguien por regalárselos. Tuve que ser yo misma, muchos años más tarde, la que le ayudara a ampliar la colección. Así que por aquel entonces, infante y sin un duro, tuve que recurrir a la muy socorrida técnica de la relectura.

Como muchas otras personas, cuando me concentro en algo tiendo a aislarme completamente del exterior. Hace años, esa cualidad actuaba casi como un hechizo. No solamente me aislaba del exterior, sino que me sumergía de lleno en las historias que estaba leyendo. El mundo, los personajes, los sucesos, se volvían cuasi-reales. Tanto, que con frecuencia me costaba volver a aterrizar en la realidad, y conseguía hacerlo más mal que bien. Ni hace falta decir que a mí, como a muchas otras personas, las aventuras de Tintín me trasladaban a historias emocionantes y paisajes exóticos que hacían extremadamente fácil realizar el tópico de “viajar con la imaginación”.

Los álbumes no sólo alimentaban mi gusto por lo extranjero y diferente, y unas ansias de viajar que ya entonces empezaban a encenderse. También me hacían disfrutar estéticamente. Interrumpía la lectura durante largos minutos, en los que me bebía con los ojos el trazo de un pliegue de ropa, los colores del paisaje, la minuciosa representación de los entornos. Me maravillaba y sigo encantada con el estilo limpio y detallista hasta rozar lo neurótico de Hergé. Ese estilo que, yo no lo sabía en aquel entonces y lo descubrí en una de mis noches erráticas por la Wikipedia, dio en llamarse ligne claire. O línea clara. Hasta el nombre concuerda con el estilo que describe: sencillo y conciso. Hay algo limpio, ordenado, en la ligne claire, que me hace sentirme visualmente en paz. Me lleno de una belleza serena y prístina, muy diferente de la belleza intensa y casi sucia de los cuadros prerrafaelitas o los dibujos de Corto Maltés, por poner un ejemplo más cercano.

Lógicamente, a esa edad leer las aventuras de Tintín no sólo se trataba de responder a mi necesidad metafísica de orden y claridad. Con una familia de cachondos mentales, el sentido del humor está presente en mi vida desde que tengo uso de razón. Reírme, especialmente reír en compañía, es una de las cosas que más me gusta en el mundo. El sentido del humor de Tintín es limpio y fundamentalmente inocente, en consonancia con el espíritu de la ligne claire. Pero está ahí, y aparece cuando menos te lo esperas. Todavía hoy no puedo evitar pensar “¡No es la carnicería Sanzot!” cuando alguien llama al número equivocado. El Capitán Haddock, por cierto, me parece un personaje genial; y eso que, alcohólico y malhablado, actualmente sería la pesadilla de nuestro mundo y su realidad virtual de lo políticamente correcto.

¡Bachibozuks!

Trabajando en un Corte Inglés coincidí con un compañero trajeado de ojos claros, que parecía la viva imagen del dependiente ideal para aquel centro. Sorpresas te da la vida, hablando con él supe que le encantaban leer cómics de Tintín y de la ligne claire en francés. Aparte de aparecer como un jarro de agua en medio de un desierto de personas con las que me era imposible conectar, fue tan amable de prestarme algunos cómics de Lefranc. Con mi francés de marcher pour la maisonpude apañarme para leerlos; para mi gusto carecían de la magia de Tintín, pero los disfruté mucho, y espero que aquel compañero temporal de trabajo supiera cuánto le agradecí los álbumes y su charla.

Tengo como asignatura pendiente volver a leer las aventuras completas de Tintín, esta vez en francés. Además del reto y el placer de leer las historias en su idioma original, tengo curiosidad por saber cómo las viviré ya adulta.

2 comments on “Tintín y la “ligne claire”

  1. […] que un grupo musical llegase a tu vida. Las más comunes, a través de tus hermanos mayores (como tantas otras cosas), de los amigos, y de la radio. Más tarde, también de la televisión y los programas de […]

  2. […] gusto; se me quedó en la mente la idea de hacer algo más estilizado, y con un cierto regusto a la ligne claire de mis […]

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