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Cometas

[Post originalmente publicado el 16 de octubre de 2012]

Tenemos prejuicios y opiniones prácticamente para todo; incluso cuando declaramos no tener una opinión sobre algo, en realidad sí la tenemos, sólo que quizás no hemos pensado demasiado en ella y no nos sentimos seguros de mostrarla al exterior.

Tomando estos juicios previos como punto de partida, somos capaces de construir universos enteros de creencias e incluso de preferencias: nos dejamos guiar por este universo de ficciones para decidir si algo nos gusta o no. En multitud de ocasiones nos conducimos como los niños que rechazan la comida antes de haberla probado.

Este tipo de opiniones eran las que me había construido yo sobre las cometas. Podía entender que los niños, esos animalitos hiperenergetizados capaces de repetir durante horas la misma acción, se entretuvieran con ellas. Pero se me escapaba del todo qué clase de motivación llevaba a varios adultos a manejar los cacharritos flotantes, y mirarlos encantados durante minutos sin fin.

Hasta que tuve la oportunidad de volar una cometa en la playa de El Cotillo, en Fuerteventura.

En cuanto un amigo me dejó manejar la cometa que estaba haciendo volar, comprendí el encanto que llevaba a tantos adultos con sus cometas junto al Auditorio Alfredo Kraus. No solamente era el placer de jugar con el viento una vez que le cogías el truco al manejo de las cuerdas.

El solo acto de contemplar la cometa flotando en el cielo posee una especie de tranquilidad zen que inunda los sentidos y los apaga. Una paz perfecta en su simplicidad.

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