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La maternidad militante

[Post originalmente publicado el 05 de febrero de 2012]

Estoy en una edad (los 30), en la que muchas de las personas de mi generación y próximas a ella o bien ya tienen un hijo, o están embarazados, o a la búsqueda de estarlo. Esto, que en principio no tiene nada de particular, para mí crea una situación nueva. Además de estar empezando una nueva etapa de mi vida, dejando atrás la era veinteañera, me encuentro con una presión social intensificada alrededor del hecho de tener hijos. Hace algunos años, era una pregunta que surgía de vez en cuando, más como curiosidad acerca del proyecto vital que como confirmación de una realidad. En los dieciochos, diecinueves y veintipocos es algo que todo el mundo ve demasiado lejano en el tiempo como para darle importancia. Pero en los veintimuchos y treintas, la cuestión ya se convierte realmente en un “Qué vas a hacer”.

No quiero tener hijos. Es algo que he tenido claro desde que tuve uso de razón para estas cosas, porque no recuerdo haber pensado de forma diferente. Jamás he sentido ni el más mínimo impulso maternal. Es una decisión consciente sobre cómo quiero que sea mi vida. Basada en mi impulso personal, en los cambios que he visto operar en las vidas de mis familiares cuando han tenido hijos, y en mi propia experiencia con niños cuando he tenido que cuidar de mis primos pequeños.

Y sin embargo, muchas personas siguen pensando que es un discurso de jovencita rebelde. Que “Ya se te pasará” o que “Verás cómo te entran las ganas”. Pues no. A esta edad ya soy dueña de mis recursos y de mi tiempo, y afortunadamente, también de mi cuerpo. Y decido que no quiero ser madre.

Como en estas cosas siempre hay que hacer un disclaimer para que no parezca que te estás metiendo con quienes han tomado la otra vía, aclaro que no tengo nada en contra de quienes deciden ser padres. Para empezar, no tendría ningún sentido, a pesar de que me preocupa que seamos más de 7 mil millones de personas y sigamos creciendo porque millones de personas se mueren ya de hambre y muchos más van a morir. Pero ese es otro debate completamente diferente. Me parece estupendo que la gente, sola o en pareja, decida tener hijos. No me molesta que la gente me hable de sus hijos; excepto que se trate del típico discurso de “Mi hijo es el más guapo y el más mejor”, que no lo soporto en ninguna de sus variantes. Hace poco conocí al hijo pequeño de una compañera de trabajo, y me hizo ilusión, a pesar de que no suelo disfrutar la compañía de los niños más que un rato corto. Así que no, este no es un texto dirigido a todos los padres en general. Sino a los padres y madres militantes, que te presionan para que tomes la misma decisión que ellos.

Lo que pido es el mismo respeto para mi decisión. No quiero aguantar a los padres y madres militantes, que vienen una y otra vez a intentar convencerte de que lo mejor que puedes hacer con tu vida es poner un loco bajito en ella. Entiendo esta forma de ver las cosas en personas de cierta edad o de otros contextos socioculturales. Fuera de eso, empiezo a estar bastante cansada de quienes vienen a contarme las mil y una bondades de la paternidad para que me una al club de los padres felices. En serio, no hace falta. Me las sé de memoria porque me las ha contado todo el que le ha parecido oportuno, le hubiera pedido que lo hiciera o no. Yo no te voy a contar las muchas cosas que me llenan en mi vida y de qué modo lo hacen, entre otros motivos porque es algo íntimo que sólo comparto con quien yo elijo hacerlo.

Ese es otro aspecto de la paternidad militante que me enerva: las explicaciones. Esperan que tras la afirmación “No quiero tener hijos” vengan los por qués. No es sólo que debas explicarlo. Puedo entender que alguien tenga la sana curiosidad de saber por qué otra persona ha escogido una opción vital distinta de la suya; ha habido quien ha preguntado con esa intención. El problema viene cuando el objetivo de la explicación es tener que justificarte. El padre o madre militante espera que le ofrezcas una o varias razones convincentes para que acepte tu decisión como válida. Obviamente, nunca lo va a ser, porque las contraprestaciones de tener un hijo siempre serán mucho mejores. Yo encantada de que estés encantada con tu maternidad, pero eso no te da derecho a cuestionarme. La única persona ante la que tengo que justificarme, en todo caso, soy yo misma.

Reflexionando sobre el tema, he llegado a la conclusión de que detrás de todo esto hay mucho de una convicción muy arraigada: que una mujer sólo llega a realizarse completamente como mujer, y por extensión como persona, a través de la maternidad. Sobra decir que no estoy nada de acuerdo. En nuestro conexto cultural y en este primer mundo que tenemos la suerte de habitar, tanto hombres como mujeres disponen de muchas otras opciones para llenar sus vidas aparte de formar una familia. Yo me siento tan plena cuando toco el violonchelo y suena bien, como una madre que abraza a su hijo. “¡Hala! ¡Qué dices! ¡Estás loca!”, dirán los padres y madres militantes, echándose las manos a la cabeza. Pues no, señores. La experiencia humana es así de rica y variada, y la paternidad no tiene la exclusiva de la realización vital.

Sin embargo, está idea está tan anclada en nuestro fuero interno, que yo misma he caído en ella a pesar de tener siempre las ideas tan claras. Tuve una profesora de lingüística histórica, que solía afirmar que el momento más importante de su vida fue cuando le dieron el doctorado. Por su edad deduje que debía tener hijos, y me pareció una barbaridad que la mujer afirmara que ése había sido el momento más importante de su vida, en lugar del nacimiento de sus hijos. A día de hoy, me doy cuenta de cuánto me contradije a mí misma con ese pensamiento. ¿Y por qué no? Incluso aunque tenga familia, ¿por qué lo más importante para una mujer no puede ser su carrera académica? Para muchos, la respuesta es que lo más importante para una mujer es ser madre. Y si decide no serlo, siempre será menos mujer.

De eso nada, señores. Gracias a muchas mujeres que lucharon para que tuviéramos esta opción, y a mi lucha personal por vivir la vida tal como quiero hacerlo, soy una mujer muy plena. Bastante más que muchas mujeres desgraciadas con sus hijos. Porque no me cuenten eso de que los hijos dan la felicidad automática, ni de que todos los padres están encantados y felices de la vida con sus hijos. Si eso fuera así, no habría parejas que tienen hijos porque piensan que eso arreglará su relación, para luego verla hundirse más todavía; y muchos psicólogos se arruinarían porque no habría personas con problemas de dependencia porque no recibieron el cariño suficiente; o que no saben dejar de exigirse a sí mismos porque para sus padres siempre había un escalón más alto; o con el autoestima por los suelos, porque sus padres esperaban tener un mini-yo mejorado y se encontraron que su hijo no tenía nada que ver con sus sueños.

Mi profesora, o Doctora como a ella le gustaba que le llamasen, era bastante tremebunda pero aplaudo su valentía para afirmar qué había supuesto realmente el punto culminante en su vida. Padres y madres militantes, os digo que el día que vuelva a tener un violonchelo entre las manos seré la mujer más feliz del mundo. Y no lo cambio por todos los hijos de la tierra.

2 comments on “La maternidad militante

  1. Excelente artículo.

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