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Recuerdos del 11-M

[Post originalmente publicado el 12 de marzo de 2012]

Recuerdos de lo que todo el mundo, al menos en España, entiende cuando escucha Onceeme: el 11 de Marzo de 2004.

Ese día yo estaba en Holanda, más o menos en el ecuador de mi beca Erasmus. Eran más o menos las 10 de la mañana y yo seguía durmiendo; no sé si porque ese día no tenía clase, o porque había decidido no ir. Me despertó el ruido de alguien llamando a la puerta de mi habitación. Mi primer pensamiento fue cagarme en mis compañeros de piso, que seguro me llamaban para alguna chorrada. Estaba tan dormida que, en lugar de abrir, pregunté qué querían. Una voz en español me respondió:

– Miriam, perdona que te despierte, pero es que está saliendo Madrid en la tele. Han puesto una bomba o algo así.

Era la novia española de uno de mis compañeros holandeses, que estaba pasando unos días con nosotros. Ni que decir tiene que se me abrieron los ojos como platos. De inmediato abrí la puerta, y la chica repitió con cara de mucho apuro lo que acababa de decir. Me dijo que lo estaban echando en la tele, y salí como una bala a la sala común. En la televisión tenían puesta la CNN, o la BBC, o yo que sé cuál. La primera imagen que vi, y la que tuvieron puesta casi toda la mañana, fue de un tren de Cercanías tumbado en lo que parecía ser la entrada a Atocha.

Un tren de Cercanías como los que yo había usado a los 16 años para ir al centro de Madrid, a los 20 para ir a la facultad, y entre medias alguna que otra vez para ir a trabajar. Un tren de Cercanías como el que mis compañeros y amigos seguían usando cada día para ir a la universidad. Un tren de Cercanías como los que cogían cada día mis familiares para ir a trabajar. Una de las bombas había explotado en la estación de El Pozo, a diez minutos de la casa de mi abuela.

En cuanto medio comprendí lo que estaba pasando, fui corriendo a por el teléfono. Llamé a mi madre, llamé a la casa de mi abuela, y nadie me contestaba. Pasé los que siguen siendo los 20 peores minutos de toda mi vida, llamando a un teléfono detrás de otro sin tener respuesta. Finalmente conseguí dar con uno de mis hermanos, que contó exactamente lo que yo quería oír: estaban todos bien. Mi madre y mis tías estaban a punto de salir de casa cuando les llamaron para decir que no fueran a la estación del tren. Más tarde, me enteré de que justo ese día había huelga en la universidad, y nadie había ido a clase.

Aliviada pero todavía en shock, pasé la mañana pegada al televisor con mis compañeros de piso, que se portaron de forma excepcional como siempre. Por la tarde estuve con un compañero español, también de Madrid. Una y otra vez me hacía una pregunta un poco estúpida: ¿Por qué me ha pillado aquí? ¿Por qué no puedo estar allí, sufriendo con los míos? ¿Sufriendo con Madrid?

Algo que mucha gente no sabe, es que me siento madrileña hasta la médula. Echo muchas pestes de Madrid, y hace muchos años (concretamente, desde que volví de Holanda) que descarté la idea de establecerme allí. Pero estoy orgullosa de mi ciudad, de mi Comunidad. Amo Madrid. Todo lo que le duele a Madrid, me duele a mí.

En la Universidad de Nijmegen tuvieron el detalle organizar unos minutos de silencio en homenaje a las víctimas del atentado, y sobre todo en apoyo a los españoles que estábamos allí. Me los pasé todos llorando como una cría. Porque me dolía mi Madrid, y sobre todo porque quería abrazar a los míos y sentir en mi carne que realmente estaban bien.

En Mayo fui a Madrid de visita. Me quedé aplastada por la sensación de tristeza extrema que todavía lo impregnaba todo, aún dos meses después del atentado. La gente iba callada y cabizbaja. En el tren a Parla no se oía una mosca, salvo los soldados con metralletas, o como se llame la pedazo de arma que llevaban, que patrullaban los vagones arriba y abajo (muy adecuado para mantener el ánimo, claro que sí) Cada vez que entraba alguien con una mochila, la tensión se podía cortar con un cuchillo. Creo que todavía a día de hoy, muchos madrileños se mosquean un poco cuando alguien entra en un Cercanías y deja una mochila más o menos apartada.

Una chica de mi facultad murió en los atentados, pero no la conocía. Afortunadamente, gracias a quien quiera que tenga mano en esto, nadie de los míos murió ni quedó herido aquel 11-M. Pero muchos otros, miles de otros, sí.

Ya casi nadie se acuerda del 11-M, salvo cuando llegan los políticos o sus simpatizantes a tocar los cojones, demostrándonos una vez más que son infraseres a los que poco o nada les queda de humanos. Los familiares de las víctimas y los heridos, claro que se acuerdan. Cada día. El resto de los madrileños hemos seguido con nuestras vidas, pero a ellos los pararon aquel 11 de Marzo de 2004. Y todavía hoy, hay quien se permite el lujo de despreciarlos, de ningunearlos o incluso directamente escupirles en la cara.

Sólo quería compartir mis recuerdos de aquel día, para seguir recordando yo también, y apoyando a los que sufren aunque sea desde la distancia. Que sepan que no están solos, y que los que tenemos la suerte de conservar a los nuestros sanos y salvos, ni podemos ni debemos olvidar.

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