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Aquellos maravillosos grupos

Según van pasando los años, muchas cosas van cambiando. Desde la infancia hasta la post-adolescencia, vivimos en una especie de sensación de eternidad, un estado mental en el que un verano es igual al anterior y parece que poco o nada vaya a cambiar. Pero llegando a los 30, cada vez somos más conscientes de los que cambios que se van produciendo; no somos muy conscientes de en qué momento exacto ocurrieron, pero notamos las consecuencias.

En el caso de las mujeres, a nuestro cuerpo de repente le salen más curvas y las hormonas se declaran la guerra civil. En general, el ejercicio se vuelve más pesado y cuesta más recuperarse. Antes éramos capaces de sacar adelante un examen tras pasar en pie toda la noche anterior, y ahora necesitamos todo un día de descanso para superar habernos quedado despiertos hasta las 2 de la madrugada.

Pero uno de los efectos de la edad que me han parecido más curiosos es el cambio en mi relación con los grupos musicales de mi vida. Y no sólo porque para ellos hayan pasado los años…

Qué lozanos estos muchachotes...

Qué lozanos estos muchachotes…

… que también, vaya si han pasado…

La coenzima Q10 no sirvió de nada

The garbanzo style: arrugaditos y calvos

… sino por la forma de vivir su música y, sobre todo, de acercarme a sus nuevos lanzamientos.

Suede fueron y siguen siendo el grupo más importante de mi vida. De hecho, fueron mucho más que un grupo (pero, como decía aquel maravilloso libro, ésa es otra historia y será contada en otra ocasión) A través de sus canciones encontré mi personalidad y mi lugar, si no en el mundo, al menos sí en mi mundo. Pero en los últimos años, la intensidad de mi relación con su música ha descendido en picado.

Al margen de que creo que objetivamente su mejor momento creativo ya pasó, la forma en la que he vivido las obras más recientes de mi grupo muy favorito ya no es la misma que las primeras veces. Ni lo volverá a ser nunca. La rabia casi animal que me despertaba Animal Nitrate, el desgarro absoluto de The Asphalt World, la celebración de la marginalidad en las líneas de Trash… ya no están ahí. Vuelvo a escucharlas, y me siguen gustando, claro. Siguen moviendo algo en lo profundo de mi ser. Me da ternura saberme hasta el último arreglo, porque esa familiaridad viene de los años y miles de escuchas. Pero ya no es igual.

Sra. Doubtfire, salga de ese cuerpo!

Sra. Doubtfire, salga de ese cuerpo!

Supongo que ya no puedo alcanzar ese grado hiperbólico de sensibilidad, porque ya no soy aquella adolescente alienada que buscaba su propia voz. De la misma forma que Brett Anderson ya no puede volcar su poesía en textos sobre el sexo vacío o la sordidez del síndrome de abstinencia de las drogas, sencillamente porque es un cuarentón felizmente casado que escribe recetas con arándanos.

No es algo necesariamente malo. Forma parte de la vida, mis grupos y yo hemos crecido (además de que me alegro un montón de que Brett haya cambiado la droja por una señora estupenda) Es sólo que me resulta curioso que nos repitieron hasta la saciedad lo de las arrugas, coger peso y echar los higadillos en el gimnasio. Pero nadie nos explicó que esto también forma parte de hacerse mayor.

Probablemente Suede hayan hecho o harán buenas canciones que gustarán a mucha gente, incluso a seguidores de toda la vida. Por mi parte, algo en el fondo de mí sigue esperando esa sensación de que arrojen tu corazón contra una cerca electrificada, que sólo consiguieron sus tres primeros discos. Y esa sensación no llega, ni llegará, y es por eso que sus temas de los últimos años me parecen un poquito vacíos y me dejan un regusto amargo las pocas veces que los escucho.

Algo parecido me pasa con Depeche Mode, otro de los grupos de mi vida.

Siempre ideales

Siempre ideales

No seré yo quien niegue que Martin Gore parece haber hecho un pacto con el diablo, y que Dave Gahan está más sexy con cada año que pasa. Pero al margen de viejunismos físicos, por mis reacciones a su música sí que han pasado los años. Y es que reconozco que Playing the angel es un discazo, y que quizá debería darle otra oportunidad a Sounds of the Universe. La cuestión es que una parte de mí sigue esperando sentir lo que en aquella primera escucha de Strangelove, cuando creí que las personas que mejor conocían mi forma de amar en aquel entonces eran unos señores que sacaron su primer disco el mismo año que nací.

El último beso entre una canción de Depeche y mi alma fue Freelove, y desde entonces ellos siguen siendo unos fieras pero yo me conozco mucho mejor, y puedo escribirme mis propios versos.

Hoy vuelvo a escuchar sus canciones cantando todos y cada uno de los “Yeah!” del 101, igual que hace 10 años. Siento su mirada como las de unos padres lejanos que me han visto crecer, y sonríen ahora que puedo ir en bici sin las ruedas de atrás.

Y sin embargo, con el otro gran grupo de mi vida pasa algo un poco diferente. Quedaron ya muy atrás esas tardes encerrada en mi habitación, dejándome ahogar en la melancolía adolescente de las canciones de The Smiths. A pesar de ello, cuando escucho There is a light that never goes out, siento en mí a aquella chiquilla que fotografiaba su único disco de Smiths rodeado de flores y con un cartel manuscrito que rezaba “Mozzer” (ni qué decir tiene que mis compañeros de la clase de fotografía fliparon en colores con la imagen y no entendían nada)

Mi bajo se llama como el señor de la chaqueta de borrego

Mi bajo se llama como el señor de la chaqueta de borrego

Hace poco cumplí un sueño muy viejo, el de tocar con el bajo la línea de This Charming Man. Imagino que como siempre que pasan estas cosas, un círculo se cerró. Y al mismo tiempo, se abrió una ventana. La que conecta a la adolescente que escribía diarios con la treintañera enrollada que hoy escribe en este blog.

Algo tiene Morrissey que cualquier cosa que escriba, sea con The Smiths o en solitario, me despierta el espíritu gamberrete que suelo guardar a buen recaudo. Me siguen dando ganas de tirar flores desde un escenario, y mandar a hacer puñetas de forma pedante a todo el que no lo entienda.

Quizá, aunque nadie nos lo haya contado, esto también forma parte de hacerse mayor. Cerrar círculos, abrir ventanas… y aunque los temas nuevos de nuestros grupos de siempre ya no nos transporten a un nuevo plano de nosotros mismos, mantener esa luz que nunca se apaga.



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