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Los cupcakes engordan, ¿y qué?

Sí, yo también he caído en la moda de los cupcakes (no, no son magdalenas decoradas) Sin ser una persona golosa, de hecho siendo el tipo de persona que prefiere un buen plato de comida a un postre, me he enganchado a esta moda que ya está bastante pasada en unos sitios y en pleno auge en otros. Durante mucho tiempo no quise saber nada de ellos, porque me parecían una bomba de empalago hecha de azúcar y mantequilla. Hasta que un Halloween probé a hacer unos para aprovechar la pulpa de la calabaza de una forma diferente, y me convencí una vez más de cuánto se pierde uno si se queda sólo en la primera impresión.

Pero no he venido a hablar de cupcakes, que ya hay tropocientos mil blogs haciéndolo, sino más bien de la reacción que despiertan. Cada vez que he ofrecido cupcakes a alguien que no fuera mi pareja, la respuesta general ha sido que muy buenos. Pero antes que eso, el 100% de las primeras reacciones fueron “Lo que tiene que engordar esto”. Ya fuera diciéndolo de forma más o menos directa, o con ese lenguaje corporal que dice “Quiero comerme esto pero hay un enanito cabrón en mi cerebro contando las calorías que tiene”, y que me recuerda al de mi gata cuando huele un limón.

¿Tú te crees que esto se puede conseguir con sacarina y leche de soja?

¿Tú te crees que esto se puede conseguir con sacarina y leche de soja?

Pues sí, los cupcakes engordan. Vaya novedad. O mejor dicho, engordan más que una lechuga, ciertamente. Están hechos fundamentalmente con harina, aceite de oliva o mantequilla, huevos, y azúcar (estoooooo, ¿cómo el 99,9% de la repostería occidental?) Y todas esas cosas el imaginario popular las mete en la categoría de Muy Engordantes. Ya cuando las ve juntas metidas dentro de un papelito, diciendo “Soy el Hiroshima de las calorías”, la reacción es la descrita más arriba.

En esta sociedad de consumo en la que vivimos, que se lucra creando culpabilidades en torno a la comida para que luego paguemos más por productos bajos en calorías, engorda y es malísimo todo lo que no esté hecho de esa misteriosa materia no engordante que yo te vendo graciosamente porque me intereso mucho por tu salud. Toda esta cultura de lo light, las dietas y el contar calorías está haciendo estragos en nuestra educación nutricional. Por varios factores personales, yo me he informado bastante sobre el tema; y dios me libre de sacarme esa Licenciatura en Todología que tanta gente parece tener, pero noto que el común de los mortales apenas tiene idea de los conceptos más básicos sobre los alimentos. Se habla de oídas, se repite lo que dice todo el mundo, que probablemente haya salido del cráneo previlegiado del último gurú que viene a solucionarte el sobrepeso y la salud con su libro.

Las cosas del comer que se dicen por ahí hay que tomarlas con precaución, hacer caso a los que saben y utilizar el sentido común. Mi madre todavía recuerda la moda que les dio a los pediatras de que la leche materna era mala malísima de la muerte mortal, y recomendaban a las madres que dejasen de dar el pecho y utilizaran las leches artificiales, para mayor gloria de la industria farmacéutica. Por esa misma época, se decía que el aceite de oliva era Satán prensado y metido en una botella, y que el aceite de girasol era lo más mejor y mucho más saludable; ahora resulta que el aceite de oliva es tan bueno que tiene siglas, y ya no se llama aceite de oliva sino AOVE.

Si además los mojas en leche entera, nace el Anticristo.

Si además los mojas en leche entera, nace el Anticristo.

De la misma forma, el Satán de nuestros días son las grasas. Así, en general, “las grasas”. Ese ente maligno que te impide parecerte a las de Sexo en Nueva York y boicotea esa operación bikini que llevas metida en la cabeza durante todo el año. Sus representantes en la Tierra son la harina, el huevo, la mantequilla, y todas esas cosas que nada más olerlas ya vemos nuestras arterias un poco más taponadas y los michelines un poco más grandes. Gracias a esa nefasta cultura gastronómica en la que vivimos, que lejos de enseñarnos a comer, nos crea miles de miedos en torno a la comida que no nos hacen más sanos sino más vulnerables a cualquier cosa que nos quieran vender como más sana o menos calórica.

Y con esto vuelvo al tema inicial, los cupcakes. En realidad, sirve para cualquier tipo de repostería. Y es que soy muy consciente de que, con mis 73 kilos para lo que no llega a metro sesenta de estatura, cuando digo que me encanta hacer cupcakes y la repostería en general, mucha gente piensa: “Claro, así estás.” De hecho, alguno comenta que claro, con esta manía mía de hacer repostería casera cualquiera adelgaza. Mucho mejor comprarla industrial, y luego llenar el carro con yogures desnatados y leche de soja, ¿verdad? O mejor aún, sustituir todo por muesli y así convencerme definitivamente de que no tengo derecho a disfrutar comiendo hasta que no me haya quitado el último michelín. Y después tampoco, no sea que vaya a recuperar.

¡Atrás, monstruo!

¡Atrás, monstruo!

Noticia bomba: la repostería no es para hacerla todos los días, ni los cupcakes tampoco. Tradicionalmente, la repostería se ha elaborado para ocasiones especiales, que en el año 2013 hay casi todos los meses pero hace unos pocos siglos eran bastantes menos. Obviamente, no se pueden comer bollos todos los días, por muy caseros que sean. Tampoco se puede comer lechuga todos los días, salvo que quieras acabar hinchado como un globo y con déficit de vida en general. La repostería, como todo, hay que tomarla con moderación y sentido común. Y disfrutarla, por dios, que nos están quitando el placer de comer. Otra noticia bomba: a pesar de que hago repostería casera, las monitoras de mi gimnasio flipan cuando me pesan y ven que sigo igual después de un par de semanas sin ir. Porque tengo una nutrición equilibrada y sensata, comiendo de todo sin matarme de hambre y sin colocarme el cilicio por hacer una lasaña. ¡Hasta bebo leche entera, que es el nuevo mal inventado por los gurús de la dieta!

Creo que se puede concluir que te puedes sentir un poquito estúpido si horneas una tanda de rollos de canela y te los calzas de una sentada. Pero por favor, no te sientas culpable por comerte un cupcake.

4 comments on “Los cupcakes engordan, ¿y qué?

  1. El cupcake es una magdalena con floripondios. He dicho. (xD) En el peor de los casos, siempre te puedes poner cerdo de cupcakes y luego pegarte una semana comiendo pollo al más puro estilo duncan para reventarte el hígado. La gente es MU tonta.

    PD: ¿Cuándo vas a venir a tomar un café con un par de cupcakes de esos MUY ENGORDANTES? Besitos.

    • Mira que te mola meter el dedo en el ojo, eh?😛

      Ya se ha vuelto usté de la capital del reino de Ejpaña? En ese caso, cuando usté me diga le llevo papelitos rellenos de HIDRATOS DE CARBONO y GRASAS.

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