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Una mariposista en el gimnasio

A día de hoy, a veces me miro en el espejo y me cuesta reconocerme. Más de cinco años después de apuntarme al club del sobrepeso, todavía pienso de quién será esa tripa tan abultada, a quién pertenecen esos brazos rellenos de leche, cacao, avellanas y azúcar; porque los míos durante mucho tiempo se caracterizaron por unos tríceps donde se podían colgar los albornoces del baño.  Me resulta un poco extraña esa cara con una papada visible, porque yo estoy acostumbrada a ver unos pómulos prominentes que estarían mejor con un poco más de relleno.

Y es que supongo que a la gente que me conoce desde hace relativamente poco, le suena a chiste cuando digo que siempre he sido una persona muy deportista. Que desde que empecé a hacer gimnasia rítmica con 8 años no he parado, y he pasado por unos cuantos: voleibol, patinaje, artes marciales, y sobre todo mi querida natación. 10 años durante los que nadé infinidad de metros y me enamoré del estilo mariposa. Pocas cosas me han hecho más feliz en esta vida que esa sensación de ser un delfín y volar sobre la piscina. Mi profesora de violonchelo me enseñó que no hacen falta títulos para sentirte parte de algo, y que basta colgarse un chelo a la espalda y tener la sana intención de aprender a tocarlo para llamarse chelista. Yo, que he nadado a mariposa más metros de los que puedo recordar, en mi corazoncito deportivo me siento mariposista.

La felicidad se parece mucho a esto.

La felicidad se parece mucho a esto.

Pero los días de nadar a mariposa hace mucho tiempo que pasaron, y la realidad es que mi cuerpo ha cambiado mucho desde entonces. El típico síndrome de quien deja de hacer deporte y sigue comiendo como cuando lo hacía, el descuido y el dichoso SOP se han aliado para envolverme en esta armadura Michelín, que al mismo tiempo ha servido de protección frente al mundo exterior como en su día lo fueron otras cosas. Pero ya me siento preparada para salir a caminar al  mundo, y creo que mi salud ha pagado suficientemente el precio de mis miedos.

Hace ya tiempo que cuido mucho mi alimentación y eso me ha permitido mantener un peso estable, en lugar de catapultarme a la estratosfera de la obesidad. Pero tengo un síndrome hormonal que me hace tremendamente difícil perder peso, y cuidar la nutrición no es suficiente: hay que darse caña y hacer ejercicio.

Y una se enfrenta a su blanca palidez en el espejo y a las apreturas del bañador, pero resulta que no hay piscina cerca. Y sé que a mis compañeros de isla les resulta muy difícil comprenderlo, pero por mucho que tenga el mar al lado, nadar en el mar es demasiado extraño cuando eres un animal de piscina (“¿Cuándo hago el viraje? ¿Cuándo hago el viraje? ¡Aarrrrghghghg no hay viraje!” “¿Dónde está la corchera? ¿Dónde está la corchera? ¡Aaaaarghghgh no hay corchera!”)

Lo que sí hay cerca es un gimnasio, muy bueno por cierto. Así que empecé a ir, primero a yoga, luego a aqua gym. Y algo mejoraba la cosa, pero mi cuerpo es muy puñetero, y dice que si no hay caña como la de antes nos quedamos como estamos. Para mí la parte de arriba, donde están las máquinas de musculación, era territorio prohibido. Ya había probado antes y me resultó aburrido a más no poder. Además, como muchas otras personas, tenía un millón de prejuicios sobre la gente que suele poblar ese tipo de sitios.

Musculitos

En mi mente, subir a las máquinas equivalía a que un montón de musculitos me mirasen con una mezcla de desprecio y prepotencia, mientras yo me dejaba los pulmones en la bici estática. Y que un monitor igualmente musculitos, cuando le fuese a pedir una rutina para bajar de peso, me mirase con cara de “Lo tuyo no tiene arreglo, chata”. Pero sabía por terceras personas que en realidad los monitores son muy majos, que sí hay musculitos pero también todo tipo de gente (algunos con bastante más sobrepeso que yo) a las que de mil amores le hacen una rutina adecuada a sus objetivos. De hecho, en su página de Facebook publican orgullosos los casos de éxito, tanto de definición muscular como de adelgazamiento. Así que me animé a probar.

Y como pasa tantas veces en esta vida, para conocer las cosas hay que probarlas de primera mano, y mi experiencia hasta ahora está desmontando los mitos que me había creado en torno a la fauna del gimnasio. Los musculitos no sólo son personas, sino que son personas majas que te ayudan con una sonrisa, y te preguntan con mucha educación cuánto te queda para terminar de usar la máquina. La gente en general va a lo suyo, y aunque a veces nos miramos unos a otros, nunca he recibido una mirada de desprecio ni me he sentido como Moby Dick varada en una playa de pesas.

Anda mira, mis prejuicios.

Anda mira, mis prejuicios.

Tampoco estoy diciendo que sea el sitio perfecto; claro que hay algunas personas prepotentes, que caminan por el gimnasio como si fuera suyo y te miran por encima del hombro. Aunque el tema de interpretar las miradas y las caras es tan peliagudo, que asumo que en realidad no sé qué se le está pasando por la cabeza a esa persona. Pero en general el ambiente es muy bueno, y lo único que me hace sentir mal cuando utilizo por primera vez una máquina es mi propia vergüenza.

Empecé y dejé mi primera rutina dos veces, y a la tercera por fin pude completarla. Ahora he empezado otra que me parece demasiado para mí, y me incomoda porque me obliga a salir de mi zona de confort, haciendo ejercicios que nunca he hecho. Pero no la voy a dejar, porque es mucho más importante el hecho de que ya no me llevo el Ventolín a la sala porque hace tiempo que no lo necesito. Estoy tan contenta que día sí y día también doy el castañazo a mis contactos de Facebook con mis experiencias en el gimnasio.

Me sigo aburriendo y en algún momento volveré al agua, porque en el fondo sigo siendo como un león marino, que necesita estar en el agua para desplegar todo su potencial. Algún día, me gustaría volver a nadar a mariposa. Hasta ese momento, enfrentarme a mis prejuicios ha hecho que encuentre un lugar donde me están ayudando a volver a reconocerme en el espejo.

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