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El despertar del cuerpo

Piecitos vírgenes

Estamos inmersos en una época en la que está mal visto intentarlo. Hordas de vendedores de crecepelos emocionales nos repiten sin cesar: “Hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes”. No se puede mirar a ver si, probar a ver qué tal… no, tienes que ir a por todas hasta llegar a la cima.

Hoy he alcanzado ese punto en el que ya no soy yo contra el asma, sino mi cuerpo y yo en comunicación; y es ahí donde quiero estar, porque nos conocemos desde hace más de treinta años, así que nos entendemos bastante bien. He entrado en ese estado en el que mi cabeza dice “Venga” y mi cuerpo responde “¡Vamos!”. Es una sensación que no vivía desde hace muchos años, cuando hacía series de 200 metros mariposa y estilos, y las piernas  me decían “Para” pero yo les decía “Una brazada más, una brazada más”. Y desde luego es una sensación que nunca pensé vivir fuera del agua, donde siempre me he sentido torpe, donde siempre me ha faltado un bordillo al que agarrarme para hacer respiraciones. Pero hoy mientras corría, sentía los brazos de aquella veinteañera enamorada de la natación, dando brazadas en el aire. Empujándome a seguir, como en aquellos días de piscina solitaria. Y he seguido, y he llegado, y me he sentido como el puto dovahkiin del atletismo.

No habría llegado a este punto si no lo hubiera intentado, y esquivado, y estado a punto de dejarlo. Y sobre todo, si no hubiera tenido el método adecuado. La felicidad y el buen rollo serán muy importantes para conseguir cosas en la vida, pero hoy más que nunca creo en la importancia de un buen plan. Y de darle una oportunidad a la vida, aunque el primer impulso sea decir “No”. Porque lo bueno de todo esto es que yo detestaba correr. Lo había intentado en mis años de adolescente con eróticos resultados (pasaba más tiempo cabreándome porque saltaba el reproductor de CD que corriendo) Y cuando tras toda una infancia de veranos en la piscina del barrio descubrí lo mucho que me gustaba hacer largos, poco más quise saber del deporte en tierra. Muchas veces digo medio en broma que soy como un manatí: todo gracilidad en el agua y todo manatí en tierra. Siempre se me dará mejor nadar que correr o levantar pesas, pero he descubierto que para desmontar la teoría del manatí lo único que hacía falta era ponerse. Intentarlo.

Sin piscina cerca y con mi intento fallido de ser fiel a una rutina en el gimnasio, mi pareja que es fan fatal del salir a correr y lo había hecho tiempo atrás, me convenció para intentarlo. Lucíamos semejante estado de forma que tuvimos que empezar caminando, allá por Semana Santa. Al principio en días salteados, sin continuidad, y poco a poco con más frecuencia. Las primeras veces, sólo para andar a un ritmo más o menos alto necesitaba usar el inhalador al menos una vez. Poco a poco fuimos mejorando, hasta que nos sentíamos tan cómodos con la caminata que supimos que había llegado el momento: había que empezar a correr. Mi pareja, como experto en la materia, se agenció por internet un plan progresivo que alterna minutos corriendo con minutos caminando; empezando por 1 minuto corriendo hasta los 30 seguidos. Yo pensé que si llegaba viva al segmento de correr 5 minutos seguidos le pondría un monumento a Abebe Bikila. Pero lo intenté.

Los primeros días quise morir. Cuatro zancadas de vil trote cochinero y el asma decía aquí estoy yo porque he venido. Me encomendé a San Yoga Mártir para controlar mis respiraciones, y a la madre que parió el running para aguantar el dolor de piernas por los micropasitos que daba. Y poco a poco, minuto a minuto, he conseguido llegar hasta el día de hoy. Tres segmentos de siete minutos corriendo. El primer día que los hicimos iba pidiendo la hora en el último. Hoy decidí que no bajaba el ritmo por mis cojones.

Habrá quien crea que esto no es un gran logro, con la cantidad de runners irredentos que hay corriendo medias maratones. Pero para mí, más importante que los minutos o el ritmo es la sensación. Después de varios años de sobrepeso, de preguntarme en qué momento pasé de ser una persona deportista a agotarme caminando media hora, de suspirar por el poderío de los años nadando con la firme convicción de que nunca volverían; sigo teniendo sobrepeso, pero menos, y no voy a volver a ser aquella nadadora que se colgaba perchas de los tríceps básicamente porque han pasado más de 10 años. Pero lo importante es que tras mucho mirarme al espejo y no reconocer a la enemiga de la actividad física que veía en él, hoy he vuelto a sentir esa firme convicción: “Yo puedo”.

Hasta llegar aquí, no todo ha sido un ascenso imparable hacia la realización personal. En el mundo real, raramente nada lo es. Han pasado semanas sin ponerme las zapatillas ni un día. Han sido muchos días de sufrir y preguntarme qué bendita necesidad tenía yo de pasarlo mal haciendo un deporte que nunca me ha gustado. Un día muy concreto decidí que tiraba la toalla, y lo habría hecho si no fuera porque mi pareja me convenció de salir un día más. De volver a intentarlo. Le hice caso, y le he acabado cogiendo el gustillo a esto de correr.

No sé cuánto tiempo más seguiré corriendo, cuánto seré capaz de llegar a aguantar, si volveré a tener la oportunidad de lanzarme a una piscina y me olvidaré del noble arte de trotar. Pero lo que es seguro es que es gracias a él he conseguido algo que sinceramente me había resignado a no volver a experimentar nunca. Y sólo por eso, ha merecido la pena intentarlo.

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