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Y batiré de nuevo las alas

Dos islas, dos amores

Cambiar de casa siempre implica un cambio de vida, especialmente si te mudas a otra ciudad. Cambia tu entorno, cambian los paisajes, y vas adaptándote a ellos hasta que vuelves a sentirte en terreno seguro, conocido. Dentro de unos días cambiaré de casa, de isla y de paisaje laboral. Pero significa mucho más que sustituir un territorio por otro. Porque no sólo dejo un salón o una ruta para ir a trabajar: me voy del lugar en el que, por primera vez en mi vida, he sido feliz.

Lo que supuso en su día venir de Madrid a Gran Canaria se resume en una sola palabra: libertad. Encerrada en una serie de relaciones y situaciones que me asfixiaban y me hundían como la piedra que enterró en el río a Virginia Woolf, hacía tiempo que me había dado cuenta de que la única forma de escapar sería poniendo tierra de por medio. Vine a vivir junto al mar, donde nadie me conocía y a nadie conocía yo, y por fin pude respirar. En su día escribí un poema sobre ello, y lo que sentía en aquel entonces sigue siendo válido a día de hoy.

Claro que no todo fue soltar amarras y navegar sonriendo. También fue dejarme plantado el corazón a los pies de los pocos que amo mucho. Aunque mucha gente se piense lo contrario, las personas solitarias con pocos amigos no los necesitamos menos: quizá los necesitemos incluso más. El precio de la libertad y la felicidad ha sido tener que disfrutarlas a pequeños sorbos cada seis meses con la mayoría de las personas más importantes de mi vida. Ya hice mi elección, y no me quejo; bien al contrario, me siento inmensamente afortunada por las personas que siguen a mi lado a pesar de los kilómetros de océano.

También aquí me dejaré muchos cariños cuando el barco salga del puerto. Durante estos años he conocido a bastantes personas; como es natural, unas han salido y entrado en diferentes momentos, otras se han quedado en mi vida. Algunas me han hecho daño, otras me han enseñado aspectos del ser persona que no me gusta mirar; otras me han dado mucho cariño, y espero que hayan sentido el mío. He vivido días para olvidar y momentos que recordaré para toda la vida. A todos los que ahora considero mi gente los voy a echar mucho de menos. Y es que, nómada y viajera como soy, odio las despedidas.

En Las Palmas de Gran Canaria he vivido la que seguramente sea la época más bonita de mi vida. Recuperada de mis mil demonios, triunfante sobre los fantasmas que me han acosado desde que tengo uso razón, al lado de la persona a la que amo con locura y de un sitio que me embrujó desde el principio, el Paseo de las Canteras. Ya forman parte integrante de mi ser esos atardeceres espectaculares como no he visto en ningún sitio, esos paseos infinitos hasta el Confital, la espuma del mar volando bajo la luz de las farolas con forma de vela. Espero que los del bendito pleito insular me dejen en paz, porque jamás diré nada malo sobre esta tierra que me ha acogido como hija suya. Esta isla donde uno no se puede sentir extranjero porque en todos lados hay gente de todas partes.

Al rumor de las olas de las Canteras me convencí de que merecía ser feliz, y me puse a ello. Aquí he pasado por muchas situaciones distintas: paro, trabajo, juicios, trabajo en precario. La UNED, la escuela de música, la escuela de idiomas. Cupcakes, bisutería, costura. Ha habido momentos muy duros. Se me ha desencajado el alma cuando mis seres queridos han sufrido y no he podido estar a su lado por encontrarme aquí, en esta isla junto a África. Y aún así, puedo afirmar que ni un solo segundo me he arrepentido de hacer de Canarias mi patria chica.

Dentro de unos días, como decía, me cambiaré a la isla de al lado. También en ella tengo muy buenos recuerdos, y me espera gente muy querida. Espero que los del bendito pleito insular me dejen en paz, y me den permiso para enamorarme también de la isla que va a ser mi nuevo hogar, quién sabe si para el resto de la vida.

Pero la vida es muy larga, y por ahora lo que hago es despedirme de Gran Canaria. De la gente que dejo aquí y que me llevo en el corazón. Como también me llevo en la maleta la felicidad, la libertad que llevaba una vida buscando y aprendí a tejer aquí.

Y batiré de nuevo las alas.

Atardecer Las Canteras

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