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El día que aprendí a sonreírme en el espejo

Hace tiempo que quiero escribir sobre este tema, pero no sabía cómo hacerlo sin convertirlo en un testimonio lacrimógeno y sin entrar en el detalle de cosas que no sé si quiero que estén publicadas en internet. No quiero transmitir pena sobre lo que he tenido que sufrir, sino esperanza de que se puede superar y se puede llegar a ser feliz y amarse uno mismo tal como es. Creo que por fin he dado con la forma de abordar esto, y es desde una perspectiva positiva, sin rencores y centrándome en lo que he aprendido a lo largo del camino. Así que hoy voy a hablar de cómo aprendí a sonreírme cuando me veo en el espejo, siempre, vea lo que vea.

Hay mucha gente que no se lo cree, pero siempre he sido muy deportista. Empecé a hacer gimnasia rítmica con 8 años, y desde entonces no he parado de moverme. Dejé la rítmica tres años después porque sólo querían niñas para competir (mi primer encontronazo con la idea de que no puedes hacer algo si no “te sirve”, pero ese es otro tema) Poco después empecé a jugar a voleibol, y más tarde a nadar; mi querida natación, mi pasión de gavilanes, que me rescató de mí misma y me dio tantas satisfacciones durante unos 10 años. Entre medias y después, y con distintos grados de continuidad, he practicado varios deportes: tenis, jiu-jitsu, hapkido, yoga, aqua gym, danza del vientre (no es un deporte, pero cansa como si lo fuera), patinar y hasta voley playa. Hace poco empecé con esto que está tan de moda de correr, a pesar de que tengo asma alérgico desde hace años y de que se me da peor que todos los deportes que peor se me dan juntos. Pero lo agradezco tanto cuando subo unas escaleras o incluso cuando voy a nadar, que sigo luciendo orgullosa mi Trote Cochinero™.

El caso es que llevo toda la vida haciendo (y viendo) deporte, pero nunca he tenido un cuerpo atlético. Por la sencilla razón de que mi cuerpo no es así. Soy bajita, culona y tripuda. Cuando hago deporte evidentemente me musculo, de hecho en mi Época Dorada de la Natación™ era un Mini Terminator. Pero soy la típica persona que no parece muy atlética y luego “coño qué duro tienes el brazo”. Soy el extremo opuesto de las personas fibrosas que se dan una carrera para coger la guagua y se les marcan los gemelos. Y para mí, ningún problema, pero durante mucho tiempo no fue así.

Desde pequeña y como a todas las mujeres, se me machacó con la idea de que mi cuerpo no valía tal y como era, de que era menos. Desde la sociedad, medios de comunicación, productos culturales, revistas, se me lanzaba el mensaje de que si no tenía el cuerpo que ellos me mostraban era menos: menos mujer, menos deseable, menos exitosa, menos todo. Y empecé a odiarme a mí misma. Sí, la palabra es odio. ¿Qué creéis que sienten todas esas mujeres que están perpetuamente a dieta, que se avergüenzan de ponerse bikini porque tienen celulitis, que se ponen de mala leche en su cumpleaños porque se arrugan y se les caen las tetas? Odio hacia sus cuerpos, puro y duro. Porque no son ese ideal perfecto de las revistas, que por cierto, no existe. Y llegados a este punto, y para protegerme de antemano del típico discurso de la envidia, citaré a Cindy Crawford:

I always say even I don’t wake up looking like Cindy Crawford! What people see on magazine covers is one moment that was perfect — the wind, the light, the hair, the makeup. That’s a two-hour process.

¡Siempre digo que ni siquiera yo me parezco a Cindy Crawford cuando me levanto! Lo que la gente ve en las portadas de las revistas es un momento que fue perfecto: el viento, la luz, el pelo, el maquillaje. Es un proceso que tarda dos horas.

Volveré sobre el discurso de la envidia más tarde, pero ahora me quiero centrar en todos esos años de mi vida que me odié a mí misma. Me odié por no tener las piernas largas, por tener el pecho pequeño, por no tener la tripa plana, por estas Mollas Ronquillo™ en las caderas que no me caben en ningún vaquero. Me odié porque me echaba la culpa de ser así, en lugar de echársela a quien la tiene si es que hay alguna culpa que echar, que es a la lotería genética. Y aunque a las personas que me conocen desde hace poco les parezca mentira, todo ese odio se mantuvo durante muchos años en los que pasaba por muy poco los 50 kilos. Estaba delgada, muy delgada, pero amargada como el culo de un pepino; porque el problema no estaba en la báscula, estaba en mi cabeza.

Porque la vida es así y no la he inventado yo, la única temporada en la que no he hecho nada de deporte coincidió con un trabajo en el que tenía cheques restaurante, y estuve comiendo todos los días fuera y pagándole el yate nuevo al Señor VIPs. No sé si coincidió o fue causa, pero se unió a la fiesta el Síndrome de Ovarios Poliquísticos, mi querido SOP (del que ya he hablado, y da para muuuucho) que me da más disgustos que Sergio Ramos a Florentino . Y entre unos y otros y los helados del Mercadona, en poco más de un año y medio pasé de faltarme unos kilos a sobrarme veinte.

Mucha gente me ha oído atribuirle al SOP mis problemas con el peso, y al leer esto pensarán: “¡Ajá, así que reconoces que engordas por comer!” Pues claro, no te jode, la lechuga sólo le engorda a mi cobaya. El tema es que eso mismo a una persona sin SOP le suponen 5 o 6 kilos de más que puede perder en seis meses o como mucho un año de comer bien y moverse un poco; a mí me suponen 20, la mayoría de los cuales no me los quitaré en la vida por mucho que programe la dieta semanal rigurosamente para sólo comer pasta una vez a la semana (que lo hago)

Luego volví a hacer deporte y empecé con el sistema de menú semanal y lista de la compra; me diagnosticaron el SOP, y como los médicos son así de agradables y dedicados, me compré unos libros para aprender a comer de la forma que mejor le va a mis hormonas locas. Pero igualmente, cuando me fui a vivir a Las Palmas de Gran Canaria, seguía con un cuerpo que no tenía nada que ver con el que yo estaba acostumbrada a ver en el espejo.

Y cosas de la vida, ahí empezó el cambio. No soy muy consciente de cuándo exactamente ni cómo, pero sospecho que tiene mucho que ver el hecho de que mi vida en Las Palmas fue tremendamente feliz. Con sus cosas buenas y sus cosas malas, como todo, pero la recuerdo como la mejor época de mi vida hasta la fecha. No sé qué pasó para que por fin se cambiara el chip en mi cabeza; no sé si fueron los libros de Rafael Santandreu y Patricia Ramírez, o que por fin caló en mí aquel ejercicio que hacíamos en yoga de visualizarte dándote un abrazo a ti mismo y diciendo “Te amo”. Pero sé que un día me miré al pasar por delante del espejo enorme que teníamos en la habitación, y pensé: “¿Y por qué no voy yo a quererme?”

Así, de forma tan compleja y tan sencilla, dejé atrás un complejo que ha estado toda la vida torturándome. Dejé de odiarme a mí misma, y empecé a quererme, tal como soy. Con mis Mollas Ronquillo™ que hoy son más mollas que nunca, con mi tripa y esta bendita celulitis que lleva acompañándome desde los 14 años. Ya no voy por la playa con vergüenza de lo mal que me queda el bikini: me da exactamente igual. Ya no salgo a la calle pensando si lo que llevo puesto me hace mucho culo: me da exactamente lo mismo, uso la ropa que me favorece, con la que voy cómoda, y que me gusta.

Ya no quiero ser como las modelos que salen en las revistas, estoy feliz con mi cuerpo. Y aquí retomo el tema de la envidia. Hay mujeres (y hombres, pero me voy a centrar en ellas) que piensan que quienes luchamos por que todas las mujeres se sientan a gusto en su piel sean como sean, lo que tenemos es realmente envidia de las que están delgadas o las que sí tienen un cuerpo parecido al de las revistas. Y además nunca te creen cuando les dices que no, que tú no quieres ser como ellas, que tú lo que quieres es que te dejen vivir tranquila siendo como eres tú. Sé que es muy duro, y aquí me voy a poner un poco sarcástica porque el tema me repatea, renunciar a comer una palmera de chocolate para que luego ni siquiera envidien el tipito que mantienes a base de ensaladas y yogures desnatados. Debe joder enormemente que esa gorda asquerosa que seguro que desayuna pizza y va al baño en Segway se permita el lujo de ni siquiera aspirar a ser como tú. Pero amigas, lo siento, es lo que hay. (No, no odio a las delgadas, y sí, sé que hay chicas con cuerpo 10 que apoyan la imagen corporal positiva; creo que todos sabemos a quién me estoy refiriendo con esto)

Sé que tengo muchas cosas que mejorar. Tengo que continuar y hacer mío este nuevo estilo de vida de deporte habitual, cuidar la dieta y mantener los excesos al mínimo. Por mi salud física: porque tengo una lesión de espalda, las rodillas de mantequilla y un 50% de probabilidades de desarrollar diabetes o pre-diabetes antes de los 40 años. Y por mi salud emocional: porque hacer deporte me hace feliz, forma parte de mi vida y siento que me falta algo cuando no lo hago. Y sobre todo, porque me quiero. Porque amo a mi cuerpo, y creo que se merece los mejores cuidados del mundo.

Pero nunca más por un ideal arbitrario y absurdo que nunca ha significado nada para mí. Ay, si todos esos clones de Barbie supieran que el cuerpo que a mí me gusta es el de las nadadoras, qué mal les sentaría a esa envidia que tanto les gusta pensar que les tienen. Si pudiera elegir, claro que me encantaría parecerme a Mireia Belmonte. Pero mi cuerpo es el que tengo, y con él he nadado a mariposa, he montado en bicicleta en Holanda, he subido al Roque Nublo y he abrazado y abrazo siempre que puedo a las personas que quiero. Así que más que insultar a mi cuerpo, creo que lo que tengo que hacer es darle las gracias.

¿Por qué cuento todo esto? Por lo mismo que doy el castañazo con el tema día y noche en las redes sociales, y en persona siempre que tengo ocasión: porque es un tema que desgraciadamente ha marcado mi vida para mal durante muchos años. Porque estoy feliz de haberlo superado, pero sé que cuesta mucho; y si con esto, con un tuit, un artículo compartido en Facebook o un sermón tomando un café, puedo contribuir aunque sea a que una persona se plantee un poco las cosas sobre este tema, me daré por satisfecha. Porque la imagen corporal ha sido siempre mi gran demonio, y ahora lo he convertido en la lucha más importante de mi vida.

Mi lema es: ama tu cuerpo y cuídalo mucho, porque es el único que vas a tener durante el resto de tu vida.

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