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Media hora corriendo: mi pequeño gran logro

Yeah bitch, running!

Yeah bitch, running!

No me gusta correr. Ya lo expliqué en otra entrada, la que escribí cuando todavía en Las Palmas habíamos alcanzado el segmento de 7 minutos corriendo en el plan progresivo que seguíamos. Ahora que he empezado a cogerle el truco a mi trote cochinero quizá debería decir que no me gustaba correr: hay días que me quiero morir, días que estoy contenta pero me aburro, y días como ayer en los que estoy contenta y además disfruto. Aún así, si hiciera una lista de los deportes que más me gusta practicar, seguiría sin estar en los primeros puestos.

Empecé a correr porque la fluctuación de peso por culpa del SOP fue una frustración añadida al aburrimiento mortal que me da hacer pesas, y no quise seguir en el gimnasio a pesar del bien que me estaba haciendo. Y también porque no cuesta un duro, para qué nos vamos a engañar. Así que con más voluntad que fe empecé con mi pareja el programa progresivo que empezaba con un minuto corriendo y acababa con media hora seguida.

Sinceramente, nunca me creí capaz de alcanzar esa media hora. Pensaba que a partir de algún punto, los 9 o los 13 minutos, mi cuerpo ya no podría más y no sería capaz de progresar hasta la media hora. Pues bien, el viernes por primera vez, corrí 30 minutos seguidos. Sin asma.

Sé que hay mucha gente que el primer día que decide salir a correr ya es capaz de aguantar eso, o incluso más. Pero yo no. Yo soy un paquete corriendo, y encima soy asmática. Para quien no haya experimentado un ataque de asma, es muy difícil entender lo horroroso que es. La sensación de que por más aire que cojas, no llega a tus pulmones, es con diferencia la más desagradable que he vivido. Y cuando te das cuenta de que has conseguido hacer desaparecer eso de al menos un aspecto de tu vida, es un alivio difícil de describir.

Por eso, haber conseguido alcanzar esa media hora es para mí algo muy grande, y estoy tan contenta que llevo todo el fin de semana en las nubes. Tanto, que al día siguiente de conseguirlo me volví a calzar las zapatillas y corrí 35 minutos. Porque yo lo valgo. Y porque mi cuerpo me lo permitió, me encanta darme caña pero lo de joderme no me gusta, y cuando mi cuerpo me dice que no puede siempre lo respeto. El caso es que salí sola, con música, disfruté como una enana y llegué corriendo casi hasta la puerta de casa. Y me sentí como una puta jefa.

Soy asmática, y soy capaz de correr 30 minutos seguidos cuando hace un año y medio no llegaba al minuto. No hay ningún secreto que no sea la constancia. Una constancia que no ha sido perfecta: no he salido a correr varios días en semana religiosamente durante todas las semanas, pero he seguido saliendo. Me he perdonado a mí misma cuando estaba demasiado cansada, o acatarrada, o me dolía la rodilla. He vuelto a salir sin culpas ni juicios de valor, simplemente sintiendo que no quería dejarlo.

No soy ninguna superwoman, ni mejor que nadie. Salir a hacer un deporte que no te gusta y que encima te provoca ataques de asma requiere fuerza de voluntad, sí. Pero creo que es mucho más importante tener un motivo. El mío ha sido darle una patada en el culo al asma. Y no perderlo de vista ha sido lo que me ha ayudado a volver a salir a correr cuando me he tenido que volver a casa porque se me había olvidado el Ventolín, o cuando lo he tenido que usar tras una sesión casi entera sin él porque unos graciosos levantan tierra a mi lado.

También he sido comprensiva conmigo misma, y me he ayudado en lugar de boicotearme. Por ejemplo, yendo a nadar los fines de semana que he podido. No sólo para complementar el ejercicio, sino para disfrutar. Cuando una semana acababa frustrada por ser la más lenta de los tres que salimos a correr, del parque y probablemente de la isla, el poderío que me noto en la piscina me ayudaba a mantenerme motivada. Además de que me he notado mucho mejor nadando gracias a la forma física que me ha dado correr, con lo que ganaba un motivo adicional. Para qué iba a torturarme pensando “Tengo que poder con esto yo sola” cuando podía hacerme la vida más fácil? Esto sonará a perogrullada, pero justo lo contrario es lo que hacemos continuamente sin darnos cuenta.

Tengo que reconocer que, en los últimos tiempos, las horribles tendencias gordófobas que he visto en las redes sociales también me han servido de motivación. Los mensajes de que las personas obesas o con sobrepeso no tienen derecho a quererse a sí mismas porque entonces no cuidarán de su salud, de que los anuncios de gordas en bragas sólo sirven para que las gordas que se pasan la vida comiendo hamburguesas no muevan el culo, de que te dejes de verte bella y asumas que para estar sana tienes que desayunar zumo de pepino y caber en una 38, me pasan muchas veces por la cabeza mientras corro. Y especialmente cuando termino. Me pone cachonda ese corte de mangas imaginario que le hago a los paladines del “Es por tu salud” cuando veo mis análisis perfectos, cuando planifico el menú semanal son sólo un plato de pasta a la semana, y sobre todo cuando completo la sesión de correr.

Con mi culo grande que no, queridos, no se va por mucho ejercicio que haga, y mi asma que sí se va y cada vez me permite hacer más ejercicio, he conseguido desmentirme que no era capaz de correr media hora seguida. Y mi talla y mi peso me dan absolutamente igual: me siento jodidamente orgullosa de mí misma.

Como dicen los comentaristas de rugby en Canal + cuando un delantero sale pitando para hacer un ensayo: Los gordos también corren!!

Los gordos también corren

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