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La frustración que no se ve

El cristal se rompe por dentro

Pero no se oye

Maga son una de las mejores cosas de esta vida, y coincidencias de la vida, uno de mis grupos muy favoritos. Una de mis canciones favoritas de mi grupo muy favorito es El Cristal Por Dentro, de la que salen las dos frases que abren este post. La canción habla de desamor, pero me sirve para ilustrar de lo que vengo a hablar hoy.

Últimamente y gracias sobre todo a las chicas de Weloversize, me he implicado mucho en el movimiento body positive; quicir, estoy todo el día dando la brasa en las redes sociales. Y también en las redes sociales, porque hablar es gratis y nadie me hace caso cuando digo que habría que pagar impuestos por decir sandeces, veo a mucho iluminado pontificar con que “solo hace falta querer”; referido a todo en general, pero en especial a la pérdida de peso. Es decir, gordos del mundo, si estáis así es porque sois unos dejados, unos vagos, porque sois idiotas y no sabéis que las hamburguesas engordan y las petardas del body positive encima os hacen creer que no estáis gordos (que no es verdad, pero eso da para otro post) Gordos del mundo, estáis así porque queréis, porque si de verdad estuvierais comprometidos con vuestra salud sería tan sencillo como no comer polvorones que son Satán Lenin Hitler redivivo.

¿“Solo hace falta querer”?

Hoy vengo a hablar de lo que ese “SOLO” encierra. De ese cristal por dentro. Porque detrás de cada cambio de estilo de vida, de cada kilo perdido, de cada tableta de chocolate o pizza que no te comes cuando te sientes mal, hay todo un camino de frustración que los iluminados de Twitter aparentemente son demasiado listos para ver.

Yo soy la primera culpable de enseñar solamente el resultado, y no el trabajo que hay detrás. Con la inestimable ayuda de Runtastic, doy el castañazo sin misericordia con mis sesiones de correr y nadar, sobre todo aquellas en las que voy superando objetivos. Comparto mis logros y recibo las felicitaciones de mi familia y amigos por ellos. Que es algo que me encanta, y aprovecho para agradeceros a todos los que comentáis dándome ánimos, me dais la vida. Lo hago porque me motiva; y porque aunque soy una quejica y estoy todo el día lloriqueando por tierra, mar y aire, fundamentalmente lo que me apetece compartir con mi gente son mis alegrías. El cristal por dentro puede llegar a ser muy doloroso, y no quiero que los míos se preocupen siendo testigos de la frustración y la desesperación que han acompañado el proceso que me ha llevado a correr media hora y volver a volar en la piscina.

Pero estoy cansada de ver tanto juicio de valor lanzado al aire sin pensar, tanto “solo es querer”, “si quieres, puedes”. Así que voy a contar un poco lo mucho que pesa ese “SOLO”. Y voy a ser tan buena que ni siquiera voy a hablar de la dificultad añadida del Síndrome de Ovario Poliquístico, que aparte de un nombre raro es una putada sideral que pone muy complicada la pérdida de peso.

Llegar hasta aquí no ha sido NADA fácil.

Me gustaría preguntar a todos esos del “solo es querer” si les parece que un ataque de asma se supera solo queriendo. Les preguntaría cómo de fácil les parece sufrir un ataque de asma mientras corres, aguantarlo todo lo que puedes, darte el Ventolín, seguir corriendo. Y volver a salir a correr otro día sabiendo que vas a pasar por lo mismo. Sabiendo que, cuando estás en el punto en el que casi ya no te da asma, bastará un imbécil pateando una pelota y levantando tierra delante de tu cara o un día de calima para volver a tenerlo. Les preguntaría cómo se sentirían metiendo el Ventolín en el bolsillo para salir a correr incluso cuando ya llevan tiempo haciéndolo sin nada de asma, porque en cualquier momento puede volver.

A toda esa gente también les pediría un ejercicio de imaginación. Imaginen que van corriendo por el parque, aguantando el asma como pueden, y una persona pasa a su lado riéndose con más bien poco disimulo. Imaginen que cuando van a coger el tranvía, porque para llegar hasta el parque tienen que hacer un recorrido de 40 minutos y coger transporte público, se montan en el tranvía y a unas personas no sólo les hace mucha gracia cómo les quedan las mallas sino que no se molestan en disimularlo. Imaginen, y me dicen si basta “solo querer” para volver a salir a correr sabiendo que en cualquier momento se pueden volver a encontrar con un imbécil al que le parece muy divertido ver una gorda corriendo. Que sí, que de idiotas está el mundo lleno y no hay que hacerles caso. Pero les voy a confesar una cosa: duele igual.

Y les voy a hacer otra confesión, que hoy las tengo de oferta: yo he utilizado la natación, que es un deporte que me encanta y para el que tengo facilidad, como motivación para correr; pero en realidad volver a nadar me ha traído muchísimas frustraciones. Están leyendo a una persona a la que gente desconocida felicitaba por lo bien que nadaba, que se tuvo que ir del último cursillo al que se apuntó porque nadaba demasiado deprisa y en palabras del monitor tenía una técnica prácticamente perfecta y no había nada más que le pudiera enseñar. Una persona que nadaba lo que le diera la gana: ¿200 mariposa?, 200 mariposa; ¿400 estilos? 400 estilos; ¿1000 libres? 1000 libres. Y todo esto no lo digo para presumir, sino para que intenten entender con esa empatía limitada que tienen, lo que para mí pudo suponer en su día volver a tirarme a una piscina y querer morirme cuando no llevaba ni 100 metros, que en una piscina cubierta son cuatro largos. Cuatro. Largos. Sí, han pasado muchos años desde mis años de esplendor en la piscina; pero es que resulta que mi cuerpo y sobre todo mi mente todavía recuerdan perfectamente esa sensación de tener el agua a mi merced. De creer poder con todo a no poder con casi nada.

Nadar, una de mis grandes pasiones. El deporte que muchas veces me ha sostenido cuando prácticamente nada más lo hacía. Lo que me permitió emprender el camino para superar los trastornos de la alimentación. La fuente de los logros de los que más orgullosa me siento. Convertido en pura impotencia ¿Se creen que superar eso y volver cada fin de semana a la piscina lo conseguí con “sólo querer”? Sí, al final conseguí concentrarme en el puro disfrute de estar en el agua; recordar que cuando estoy mucho tiempo sin nadar sueño que lo hago, y solamente haciéndolo ya estoy cumpliendo ese sueño. Pero no ha sido tarea fácil en absoluto.

Y es que déjenme que les descubra algo: hablar de enfrentarse a los miedos y limitaciones es muy fácil, pero en la práctica es una historia muy distinta. Una cosa es leer frases sobre motivación en Facebook, y otra muy diferente salir ahogada de un viraje y mantenerte centrada en que el mero hecho de estar en la piscina también te hace disfrutar. Una cosa es saber perfectamente que el secreto es la constancia, no rendirse y volverte a levantarte cuando te caes; y otra la realidad de ver que corriendo siempre eres la más lenta, la que no adelgaza ni un gramo, la que siempre se asfixia (literalmente), pero tener que ilusionarte o no desesperarte lo suficiente como para calzarte las zapatillas otro día más.

Sí, yo estoy corriendo media hora seguida y más de 3 kilómetros cada vez que salgo. Voy el fin de semana a nadar y hago 1.500 metros con facilidad. Pero la frustración, la impotencia, la desesperación, que he tenido que procesar para llegar hasta aquí sólo la conozco yo. Muchos saben perfectamente que existe, pero lo olvidan convenientemente porque es mucho más fácil dar lecciones desde la torre de marfil de mi timeline o mi muro. Y de paso te ganas los aplausos de los listos como tú. Además, para llegar hasta aquí yo he contado con una voluntad de hierro que me sale de la cabezonería que llevo metida en los genes, una pareja que me ha apoyado en todo momento y me ha ayudado a ser más objetiva con mis progresos y mis limitaciones, un círculo de gente que cuando ponía ritmos de carrera ridículos en lugar de decirme que fuera más deprisa me aplaudían como si fuera Usain Bolt y acabara de batir el récord del mundo, un amor por el deporte que me viene desde niña (aunque a mucha gente me ponga cara de chiste cuando lo cuento) Pero, ¿qué pasa con las personas que no tienen tanta fuerza de voluntad? ¿Que no les gusta hacer deporte? ¿Que tienen pocos o ningún apoyo? ¿Que tienen su mar de complejos menos trabajado que yo? ¿O que no tienen problemas psicológicos pero sí malos hábitos reforzados durante toda una vida? ¿Se creen que les basta con decirles que tienen que querer? Por si a estas alturas aún no saben la respuesta, se la digo yo: NO, no basta. Como dice mi madre, ni de cerca ni a orilla.

Esto que he contado es “solo” mi historia. Por cada persona que no va al gimnasio por vergüenza, que se da un atracón de dulces después de que le rechacen en un trabajo, que sale un día a correr y no vuelve nunca más, que es incapaz de comer fruta todos los días, hay una historia de demonios personales que no han podido o no tienen herramientas para afrontar. Dudo mucho que la mayoría de todos los que pontifican en internet lo hayan hecho, pero si ustedes se han enfrentado a sus demonios personales y los han superado, enhorabuena. Déjenme que dude bastante que les haya bastado con “solo querer”.

Cada uno de esos gordos a los que les resulta tan fácil condenar lleva un cristal por dentro, que se rompe cada día. Pero están tan ocupados emitiendo sus juicios de valor, que no lo oyen.

2 comments on “La frustración que no se ve

  1. Bravo!!! Pues yo estoy muy orgullosa de ti 😘😘

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