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El placer de hacer las cosas por placer

Super lápices

Hay algo que mucha gente que me conoce no sabe de mí, especialmente los que no me conocen desde hace muchos años o desde que era pequeña, y es que me encanta dibujar. A pesar de que lo hago desde que tengo uso de razón, de que mis cuadernillos de la guardería están llenos de dibujos por la parte de detrás de las fichas y de que me pasé la infancia llenando los márgenes de los cuadernos de dibujos (sí, los márgenes, debe ser que lo de reciclar lo llevo innato) Y no lo saben porque en algún momento durante el instituto dejé de dibujar, y no volví a hacerlo de forma habitual hasta hace un año aproximadamente. Había hecho alguna cosa puntual. Me compraba blocs, bolígrafos, rotuladores, tengo un juego brutal de lápices que me regalaron hace muchos años. Pero era incapaz de dibujar de forma habitual como lo hacía de pequeña, porque me lo pedía el cuerpo. Por el simple hecho de que había dejado de dibujar por el único motivo que siempre había tenido: por el placer de hacerlo.

A pesar de tener desde pequeña una vocación muy clara, que era ser dibujante, llegué a la Selectividad sin tener ni idea de qué quería estudiar. Aparte de otros motivos, había descartado la idea de hacer Bellas Artes, que hubiera sido la elección lógica. Y es que un día me pregunté a mí misma si quería pasarme ocho horas al día o más dibujando. Si quería que pagar el alquiler o hacer un viaje dependiera de que tuviera encargos. Si quería que alguien viniera y me dijera lo que tenía que dibujar. Y la respuesta fue que no. No estoy diciendo que a quien trabaja como dibujante no le guste dibujar, en absoluto. Habrá quien diga que eso es porque no me gusta lo suficiente. Bueno, esa valoración me la trae bastante al pairo. Para mí lo importante es que yo el hecho de dibujar no lo vivo así, y no quería vivirlo de otra manera. Es cierto que la prueba de selección de Bellas Artes me daba pavor, porque nunca había ido a ninguna academia. Pero también es cierto que me moría del aburrimiento sólo pensando en pasar trescientas horas de mi vida sombreando esferas y cubos. Para mí el acto de dibujar es algo íntimo y libre, y no quería someterlo a ninguna de las cosas que acabo de nombrar.

Como no pasé trescientas horas sombreando esferas y cubos, mis dibujos mejoraban de forma lenta y muy irregular. A pesar de que todo el mundo me decía que dibujaba muy bien, yo cada vez me sentía más insegura. Mis dibujos me daban vergüenza. Llegué a pensar que era biológicamente incapaz de sombrear una figura de forma medianamente correcta (falso, simplemente no había aprendido a hacerlo y no es un proceso tan intuitivo como parece) Ya adolescente y empezando a tener consciencia de ciertas presiones de la sociedad en la que vivo, empecé a pensar “¿Para qué?”. Y es que en esta sociedad utilitarista y materialista en la que vivimos, todo tiene que servir para algo. Mis dibujos no iban a servir para ganarme el pan, y yo era la primera que no quería que lo hicieran. Tampoco servían para que los demás los admirasen, porque no tenían una calidad excepcional. La inseguridad y los complejos fueron reemplazando al placer de dibujar, y acabé por dejarlo completamente.

Lo que sí suelen saber la mayoría de personas que me conocen es que soy un culo inquieto que siempre estoy trasteando con algún rollo artístico: bisutería, fotografía, costura, manualidades (sí, para mí los oficios artesanales también son arte, elaborar una pulsera no es menos creativo porque implique hilo y una aguja) Todas estas cosas, salvo la fotografía que me encanta desde que en el instituto la cogí como optativa, han ido entrando en mi vida muchos años después que el dibujo. Pero con ellas volví a caer exactamente en la misma trampa que me llevó a dejar de dibujar, la de que todo lo que hagas tiene que servir para algo (y aquí “servir” suele significar “ganar dinero”)

Cuando aprendí a hacer piezas de bisutería más o menos vistosillas, y a coser pequeñas cositas como bolsos o estuches, enseguida surgieron voces diciendo que lo que tenía que hacer era venderlas. Sé que eran opiniones con buena intención y que querían mostrar su aprecio por lo que hacía, pero al final acabaron consiguiendo el efecto contrario. Por la época en la que más bisutería hacía además surgió el mantra de que tienes que convertir lo que te gusta en tu trabajo, de que perseguir tus sueños implica convertir tus hobbies en lo que te paga las lentejas. Y yo soy la persona menos materialista y pesetera del mundo, pero también soy humana. Había tenido experiencias laborales muy desagradables, me disgustaba el trabajo que tenía aunque el trabajo en sí me gustaba. ¿Cómo no me iba a seducir la idea de pasar mis días haciendo bisutería en mi casa, en lugar de pasando malos tragos en una oficina? Me metí en la cabeza que tenía que vivir de la artesanía y, una vez más, para lo único que sirvió fue para despojarla de todo el placer asociado a ella. Me frustraba porque las piezas de bisutería que hacía no me parecían suficientemente buenas para cobrar a nadie por ellas, y mucho menos las piezas que cosía (coser algo es relativamente fácil, coser algo bien es mucho más difícil) Me desesperaba cuando no veía mejoras rápidas de una pieza a otra, porque pensaba que a ese ritmo nunca iba a conseguir vivir de lo que hacía. Resultado: unos ocho meses comprando cuentas y materiales pero sin sentarme a hacer una pieza de bisutería, y la ansiedad que me metí con la máquina de coser es tan grande que no he vuelto a utilizarla si no es para remendar ropa.

He empezado este post hablando de mi pasión por dibujar, y aquí es donde retomo la historia. Hay muchas veces que las oportunidades aparecen por donde menos te las esperas, y en mi caso fue en un foro de videojuegos en internet. Por casualidad en uno de los temas que seguía apareció alguien promocionando un grupo que habían hecho dentro del foro, para dibujantes principiantes (¿Y qué pinta esto en un foro de videojuegos? Pues porque mucha gente hace dibujos o escribe relatos relacionados con ellos) Me picó la curiosidad y, sin mucha fe, entré en el grupo. Allí había varias personas que, efectivamente, eran principiantes como yo; y también un par con más nivel que hacían sobre todo de guías para las demás. Uno de los temas del grupo estaba dedicado para que cada uno contase su historia: cuándo habías aprendido a dibujar, cuánto tiempo llevabas haciéndolo, si habías hecho algún curso o habías ido a clases formales, etc. Me quedé alucinada de ver la cantidad de personas que contaban una historia igual que la mía. Gente que dibujaba desde pequeña, que al crecer se habían acomplejado de sus dibujos y habían dejado de hacerlos. Y que ya de adultas se habían dado cuenta de que lo echaban de menos y querían volver, y aprender a mejorar, por ninguna otra razón que recuperar lo mucho que disfrutaban.

Algo hizo click en mi cabeza. Leí los post donde recomendaban recursos para aprender, vi los dibujos de otras personas que estaban aprendiendo, y volví a dibujar. En los primeros meses que estuve en el grupo dibujé más que en toda mi vida junta. Me olvidé de la inseguridad y empecé a apreciar los comentarios de mis compañeras de grupo; no los que me decían lo mucho que les gustaba lo que hacía (que también molan), sino sobre todo los que me indicaban en qué había fallado y compartían un vídeo o pdf que me enseñaba lo que necesitaba para solucionarlo. No sólo volví a disfrutar dibujando, sino que hice algo que no había hecho hasta ese entonces: experimentar. Hace tiempo que las acuarelas me llamaban mucho la atención, pero ni se me pasaba por la cabeza probarlas porque me parecían algo dificilísimo que yo nunca sería capaz de hacer sin dar vergüenza ajena. En la época en la que estaba en el grupo, en Tiger tenían acuarelas, papel y pinceles por cuatro duros. Me los compré y me puse a jugar con ellos. Y es que claro, también a veces somos un poco cazurros, y nos creemos que para empezar a hacer algo tenemos que invertir una pasta (otra vez el materialismo) cuando es justamente lo contrario. Si estás aprendiendo a pintar, compra pinturas maluchas para que no te dé remordimientos cuando te salga un churro, porque para aprender vas a necesitar hacer muchos churros. Si no sabes tocar la guitarra, no te compres la más cara de la tienda porque la guitarra es estupenda pero a ti no te va a hacer tocar mejor; eso sólo lo va a hacer la práctica.

Esta paleta churrera me ha dado muchas horas de disfrute.

Esta paleta churrera me ha dado muchas horas de disfrute.

Y es que muy relacionado con la concepción utilitarista de las actividades está el resultadismo. Si haces algo, el resultado siempre tiene que ser excepcional. Si pintas un cuadro, tiene que dejar a la Capilla Sixtina en bragas. Si tocas la guitarra, Jimi Hendrix tiene que revolverse en su tumba. Y si no, ni te molestes. Es la patraña del “Hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes”. ¿Cómo que no lo intente? Claro que hay que intentarlo. Y jugar, y practicar, y experimentar, y probar y que te salga una mierda pinchada en un palo. ¿O es que te crees que ese cuadro tan bonito es lo único que ha pintado esa persona? ¿O que esa fotografía espectacular es la única que ha hecho? ¿Qué se creen que son todos esos bocetos y posturas repetidas que a veces suben los ilustradores a DeviantArt? (Y estoy segura de que sólo suben los que mejor les salen) Experimentos, pruebas, estudios, muchas veces hechos para conseguir algo que parece tan nimio pero que es crucial como hacer que la mano coja soltura. Otras veces sólo por jugar. Y que además da la casualidad de que son imprescindibles para que en algún momento pueda suceder esa ilustración a color tan espectacular. La cultura del resultadismo le quita todo valor al proceso, que es lo que realmente tiene valor. Observar con orgullo un dibujo terminado está genial. Pero lo que me hace pasarlo como una gorrina es el mamoneo con el agua, las acuarelas, y la mezcla de colores; o el ir probando con las distintas durezas de lápices o a ver qué pasa si lo difumino con el dedo (y lo hago, y no veas cómo mola cochinear con el grafito)

Como decía, al final me atreví con las acuarelas. Con la práctica el cuerpo me fue pidiendo otra calidad para piezas más terminadas. Invertí un poco más de dinero en acuarelas en pasta de mejor calidad, pero sin volverme loca y comprando colores básicos para aprender a mezclarlos y acostumbrarme a trabajar con una paleta limitada. Supongo que con el tiempo acabaré comprando super acuarelas fashion de la muerte (lápices no me hacen falta porque creo que muchos profesionales ni tienen el pedazo de juego de grafito que tengo yo; ¡gracias!) No tengo prisa ninguna. Y es que además de volver a dibujar, he vuelto a hacer bisutería, algo de scrapbooking, fotografía, y me he metido con el origami. A coser no he vuelto pero creo que no tardaré mucho más. Dirán que el que mucho abarca, poco aprieta, y que estando a tantas cosas es difícil mejorar en ninguna. Ya, pero es que como dije, no tengo prisa. Me gusta hacer muchas cosas diferentes, tengo la fortuna de poder permitírmelas, y me basta y me sobra con poder hacer cada una cuando me apetece. Porque lo único que me mueve es lo mucho que disfruto con cada una de ellas.

Vestido

Este dibujo de arriba lo acabé ayer. Yo, la que según yo misma era biológicamente incapaz de sombrear en condiciones. Una incapacidad que sólo estaba en mi cabeza. Simplemente necesitaba aprender a hacerlo. Seguramente es gracias a esta era de internet que he podido hacerlo finalmente a mi manera, pero mira, a lo mejor resulta que la tecnología no es tan mala como muchos dicen. También es gracias al grupo que he aprendido que a veces no hay que ser tan cojonuda, y que si no quiero sombrear esferas de alguna forma tendré que aprender. La mejor forma para mí ha resultado ser copiar vestidos. Seguramente sea más lento y complicado que copiar huevos iluminados por una lámpara, pero una forma me encanta mientras que la otra me quita las ganas de vivir. Hay que ser paciente y probar para descubrir lo que a uno le va mejor. Ahora sí quiero ir a cursos de dibujo, pero talleres puntuales y no cursos formales porque sé que me van a ir mucho mejor. También he aprendido que por muy atractiva que sea la imagen del artista a solas en su estudio con su inspiración, es muy importante de vez en cuando tener contacto con otras personas que estén haciendo el mismo viaje que tú, y otras que ya lo hayan hecho y te puedan ayudar con el camino.

Con todo lo que he contado, podrá parecer que vivo sumergida en un emocionante frenesí artístico. Para nada, sigo teniendo periodos de inactividad, sobre todo por temas anímicos, pero otras veces porque me sigue paralizando el miedo al papel el blanco o al hilo vacío. A diferencia de otras veces, me lo tomo con naturalidad, al mismo tiempo de que soy consciente de que si espero a que me vengan las ganas es probable que me tire otros seis meses quemando mi tiempo libre en internet. Las ganas llegan después de empezar muchas veces más de las que llegan antes, y la mayoría de las veces hay que llamarlas. Me será mucho más fácil volver a abrir el bloc si recuerdo la increíble sensación de estar casi esculpiendo el vestido en el papel, que si miro el dibujo suspirando por el tiempo que ha pasado desde que lo hice y que no sé si volveré a lograr hacer algo así. Algo que tengo tendencia hacer, como la tenemos todos porque somos humanos y funcionamos así.

Rafael Santandreu dice que nada tiene más poder que la fuerza del disfrute. Estoy completamente de acuerdo, porque lo he vivido personalmente. Sé que hay muchas personas que convierten su afición en su profesión y son muy felices. Ellos lo viven así y así lo disfrutan. Pero hay muchas otras maneras de vivir las cosas, que no implican dinero, ni resultados espectaculares, ni siquiera resultados de ningún tipo. Incluso aunque lo impliquen, creo que ninguno de esos factores debe convertirse nunca en el principal, porque se acaban comiendo al factor disfrute. Y he aprendido que no hay mayor placer que hacer las cosas por placer.

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